Viajando muy hacia el sur en continente americano, nos topamos con un punto en que la Cordillera de Los Andes prácticamente desaparece. La cubre una descomunal capa de hielos de más de 380 kilómetros de largo y entre 40 a 60 kilómetros de ancho, que en algunos lugares puede superar los mil metros de espesor. De este gigantesco campo helado contenido por los Andes Australes y alimentado por constantes nevadas, se desprenden grandes cantidades de glaciares que, como ríos helados, descienden a zonas más bajas para precipitarse en pintorescos lagos del Pacífico. Se trata nada menos que del hielo continental patagónico que, con una superficie de más de 20 000 kilómetros cuadrados, se extiende desde un poco más al norte del lago San Martín hasta el Seno de Última Esperanza, no muy lejos del Estrecho de Magallanes. Si bien tanto el hielo continental patagónico como los actuales glaciares nos sorprenden por su tamaño, son sólo vestigios de lo que fueron en el pasado cuando en sucesivas glaciaciones cuaternarias, llegaron a socavar valles, demoler montañas y a labrar las profundas cuencas de los lagos de la Patagonia.

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Con el objeto de preservar este amplio sector de singular interés sobre glaciares, junto con otros ecosistemas representativos de la Patagonia austral, el gobierno argentino creó, en 1937, el Parque Nacional Los Glaciares, que cuenta con una superficie de 600 000 hectáreas en el territorio de la provincia de Santa Cruz. Debido a su espectacularidad geomorfológica y por albergar a muchas especies en peligro de extinción, esta área protegida cuenta con el privilegio de haber sido declarada por la UNESCO como Patrimonio Natural de la Humanidad en 1981.
Se calcula que casi 200 glaciares se desprenden del gran campo de hielos, perteneciendo unos a la Cuenca del Pacífico y otros ala del Atlántico, estando estos últimos dentro del Parque Nacional Los Glaciares. Los de mayores dimensiones han sido bautizados, en muchos caos, con los nombres de algunos exploradores y científicos que recorrieron la inmensidad patagónica, como Viedma, Marconi, Upsala, Agassiz, Bolado, entre otros. El de mayores dimensiones es el Upsala, cuya descomunal lengua de hielo alcanza los 50 kilómetros de largo y unos 10 de ancho. Los enormes bloques de hielo que se desprenden de su frente forman témpanos o icebergs que, empujados por el viento, derivan hacia la costa este del lago.
Casi en el límite norte del Parque Nacional Los Glaciares, la Cordillera de los Andes cambia su fisonomía de cumbres nevadas por la de imponentes macizos que recortan sus siluetas sobre el cielo, como los del Torre y Fitz Roy, a menudo rodeado por anillos de nubes. Estas verdaderas moles de granito son uno de los grandes atractivos turísticos del parque, siendo en parte el objetivo de muchos escaladores profesionales del mundo entero debido a las dificultades que plantea su ascenso. El animal más característico de este ecosistema es el guanaco, camélido silvestre emparentado con la llama y la vicuña, que se ha adaptado maravillosamente a la vida en estos ambientes rigurosos. Pero son los ambientes acuáticos de la estepa los que concentran a la mayor diversidad de especies, fundamentalmente aves muy llamativas como el cisne de cuello negro, el pato zambullidor y grandes bandadas de flamencos. Justamente el flamenco austral es muy abundante en todas las lagunas y lagos poco profundos del parque. Entre las aves de presa de estos lugares abiertos encontramos al águila blanca o ñanco que se alimenta fundamentalmente de roedores conocidos como tuco-tucos. Pero el protagonismo se lo lleva el imponente cóndor andino, cuya presencia es infaltable tanto sobre las cumbres nevadas como en las zonas más bajas.

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En el Parque Nacional Los Glaciares, se ha dado un magnífico equilibrio entre el turismo y la conservación de la naturaleza, siendo una región sumamente frecuentada por los amantes de la aventura y de la vida al aire libre. La población más cercana es Calafate, distante 87 kilómetros de la portada de acceso, contando con una buena infraestructura hotelera y de servicios. Gracias a una amplia red de caminos es posible acceder a los diversos sectores del parque, en especial al glaciar Perito Moreno y a Puerto Bandera, desde donde parten embarcaciones con rumbo al glaciar Upsala y al Onelli, navegando entre increíbles témpanos azulados. Sin embargo, el turismo participante y el ecoturismo encuentran un ámbito ideal, con sitios para acampar, numerosos refugios de montaña, miradores panorámicos y una red de senderos que permiten intimar con los rincones más fascinantes del bosque, con cerros colosales y lagunas pobladas por una variada avifauna. Hasta es posible, con la ayuda de guías especializados, caminar sobre la misma mole de los milenarios e imponentes glaciares. Todo esto y mucho más, es posible en este santuario de la naturaleza, en este paraíso habitado por los colosales hielos patagónicos.


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