Europa, Rutas, Viajes

París imprescindible

La Torre Eiffel y el Arco del Triunfo cargan con el peso histórico de la ciudad de la luz
Jordi Carbonell
16:00h Martes, 29 de junio de 2010
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Vista nocturna del Arco del Triunfo

Lo que más sorprende cuando uno llega al aeropuerto Charles de Gaulle de París procedente de Barcelona es la facilidad con que se conectan la periferia y el centro de la ciudad. Usted baja del avión, estira las piernas, recoge la maleta y voilà: una impresionante red ferroviaria a su entera disposición.

A la capital francesa la llamaron la ciudad de la luz porque fue la primera en iluminar artificialmente sus monumentos. Pero perfectamente, podrían haber usado ese apelativo para hacer referencia a la capacidad que tienen sus dirigentes de allanar el camino a los ciudadanos. Es decir, de generarles un rayo de luz en aquellos aspectos donde a priori, reina la oscuridad.

Es un tono ciertamente dramático, pero es que en Barcelona el metro no llega aún al aeropuerto, ni viceversa claro. Es una sensación como de sana envidia. Porque nosotros fuimos pioneros en la instauración, por ejemplo, de la máquina de vapor. Pero es que ellos hicieron la Revolución Francesa. El raciocinio versus la pasión, la letra contra la sangre, el pensar frente al dejarse llevar. Ese peso es el que se nota cuando uno transcurre por las calles de París, con los ojos bien abiertos e irremediablemente, con la boca bien cerrada.

Todos y cada uno de sus monumentos desprenden esa especie de hálito que te transporta, que a veces te hace sentir como un guerrero defensor de la Bastilla, y otras como a Jean paul Sartre departiendo con sus contemporáneos en la mítica cafetería Le Deux Magots, situada en el barrio de Saint-Germain.

El primer estandarte de la ciudad podría ser su propio núcleo urbano. A principios del siglo XIX el centro de París estaba formado por un entramado de calles estrechas en las que abundaban las casas sencillas, hechas de madera. Sin embargo, esto cambió con el plan trazado por el Barón Haussman en 1852, quien ideó un conjunto de grandes avenidas y pomposas residencias en las que sólo cabrían los miembros de la alta burguesía.

Posteriormente, llegaría otro gran símbolo de la capital: la Torre Eiffel. Fue diseñada por Gustave Eiffel y su equipo para la Exposición Universal de 1889. Entonces, este gran evento era el mayor trampolín hacia la consideración y el respeto internacional. París se lo ganó a pulso, mostrando todo su ingenio y su capacidad técnica en una estructura metálica de 300 metros y más de 7.000 toneladas. Ahora es la atracción turística europea por excelencia. Lugar privilegiado para los amantes del paisaje urbano y una auténtica mina para aquellos a los que como a Neil Armstrong, les gusta dejar huella. La madera de las barandillas y el suelo que hay en los diferentes pisos de la torre están repletas de grabados: un ‘JxM 10-12-73′, por ejemplo. Lo que en definitiva no deja de ser un ‘yo estuve ahí’.

Otro de los monumentos en los que cualquiera dejaría su testimonio es el Arco del Triunfo, posiblemente el más famoso del mundo. Fue Napoleón Bonaparte quien ordenó su construcción tras su victoria en  la Batalla de Austerlitz. Es una pieza realmente espectacular, un museo de cuatro pilares sobre la historia militar de la Francia Moderna. En las caras exteriores del arco están inscritos los nombres de los grandes revolucionarios. Mientras que el Interior están los nombres de los 558 del Imperio Francés.

Foto: radamantis en Flickr

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