División social, una población dividida, una tierra rasgada. Esa es mi impresión más cruel de Bolivia, eso es lo que más dolor me causó y lo que quedó flotando en mi cuerpo.

Barrio Sopocachi en La Paz, Bolivia
Tanto que empecé a detestar el término “división” y me decidí por buscar algún sinónimo menos cruel. No es que quisiera evadir la realidad, pero jamás pensé que esa línea divisoria se notara tanto, que esa medianera fuera verdadera.
A mis amigas no les convencían estos viajes, ellas eran algo superficiales y, aunque a mi me gustara compartir tiempo con ellas, también me gustaba darme el gusto de agarrar mi mochila y romper la burbuja.
Ahorraba todo el año para poder concretar los viajes que delineaba. Llevaba un módico equipaje, que no generara odio después de dos días de viaje y partía a conquistar el mundo.
Los planes, para el verano pasado, me indicaban que era tiempo de conocer Bolivia; dar un par de vuelteretas y terminar en La Paz.

Plaza Murillo, La Paz, Bolivia
Me había metido en un foro para chatear con otros viajeros, que ya hubiesen vivido una experiencia similar, y esa era la data que llevaba cargada en mi mochila.
Venía viajando hacía horas en trenes y colectivos, hasta que, luego de andar durante mucho tiempo, rezando en todos los idiomas – los caminos son muy peligrosos y uno tiene, todo el tiempo, la sensación de que el micro va a volcar-, el chofer me avisó que había llegado adonde quería llegar.
Para colmo era de noche, y yo me bajé en esa terminal sola. Ni siquiera había un sitio para sentarme a tomar un café, ni pasaba un taxi que me pudiese llevar.
No me desesperé, y me senté junto a mi mochila a esperar la salida del sol. En mi estómago no tenía nada; desde que había salido de mi casa no había comido, porque no sabía que comer; no había tomado porque no sabía que tomar.
Todo olía fritura y yo no era amante de la fritura; claro que, después de estar allí veinte días, me hice más que fanática; de la fritura y de la sopa.
Cuando amaneció, pude abordar un taxi, que me llevó a un hostel que tenía apuntado. Con ese taxista, y con los dueños de hotel, empezaron mis charlas sobre división social y tierra rasgada.
Allí también empecé a conocer viajeros de todas las nacionalidades, con los que seguí camino por toda Bolivia, hasta La Paz.
Primero nos instalamos en la región del Lago Titicaca, luego pasamos por la Isla del Sol y, más tarde, llegamos a la región de Suriki, una zona de lo más húmeda.
En cada punto, en cada plaza, en cada paseo y en cada barrio había dos bandos; de una vereda y de la otra.
Bolivia fue para mi un viaje experimental, un contacto certero con un mundo que anda mal, un viaje a la división más profunda.

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1 Comentario en “La división más profunda”
[...] experimentarlo en nuestro último viaje, que nos llevó a recorrer el norte argentino, algo de Bolivia, e instalarnos, definitivamente, durante algo más de diez días, en Lima, [...]