Asia, Islas, Viajes
Este fue el lugar donde se hicieron famosos los “cazadores de cabezas”

Borneo, archipiélago para los que les gusta explorar

Sarawak es la ciudad más conocida pero todo el archipiélago goza de una vasta riqueza natural
Antonio Martínez
07:00h Domingo, 09 de noviembre de 2008
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Macizos y montes cubiertos por una selva impenetrable, ríos de rápidos violentos, plantas y animales exóticos, temibles tribus guerreras cazadoras de cabezas, son las imágenes que se asocian con Borneo. Inmensa isla del archipiélago ubicado entre Malasia y Australia –la tercera en el mundo por su extensión-, su mítico territorio, en buena medida todavía inexplorado por el hombre occidental, está hoy repartido entre tres estados Kalimantan o Indonesia al sur, Sarawak y Sabah, al norte forman parte de Malasia, y entre ellas se encuentra el diminuto sultanato de Brunei. Más vale que te acerques a la agencia de viajes más próxima (también vale la de Internet) y reserves unas vacaciones en uno de los paraísos del mundo.

De todas, la región más conocida es, sin duda, Sarawak, escenario de aventuras narradas por el escritor Salgari en su ciclo de Sandokán, protagonizado, entre otros, por el “Rajá Blanco”  Brooke, un personaje que existió en la vida real. Hábil aventurero al servicio de la Compañía Británica de las Indias, Brooke exploró las costas de Borneo y finalmente se estableció en Kuching, capital de Sarawak.

Borneo

Atardecer en Borneo tomada de Flickr por angela7dreams

La otra zona de Borneo que ha sido visitada por extranjeros desde hace siglos es su costa septentrional, una zona de puertos que formaba parte de la “ruta de las especias”, recorrida por marinos y mercaderes indios , japoneses, chinos y árabes, y que en el siglo XIII fue la sede del floreciente sultanato islámico de Brunei, que sería derrocado 300 años más tarde, con la llegada de navíos portugueses, españoles, holandeses e ingleses, que se sucedieron en el dominio de las antiguas rutas comerciales y en la colonización del Asia oriental.


Fue en el siglo XIX cuando el aventurero James Brooke ayudó al sultanato de Brunei a sofocar una revuelta interna y, en recompensa, fue nombrado Rajá de Sarawak. En poco tiempo restableció la paz y el orden en la región, que gobernó con sabiduría, alimentando el mito del “Rajá Blanco”. De gusto refinado, su palacio de Kuching estaba decorado con muebles europeos y preciosos objetos de toda Asia, y la servidumbre recibía a los invitados vestida con los trajes de las distintas tribus de su procedencia.

La dinastía fundada por Brooke hizo prosperar a Sarawak hasta que sobrevino la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, un episodio que difundió por todo el mundo el mito de la fuerza de los guerreros Dayak, que tras repeler a los invasores en la selva, decoraban sus largueros de caza con las cabezas que cortaban a los enemigos. Inexplicablemente, tras la liberación, el último de los Brooke cedió el viejo territorio de la dinastía a la colonia británica, que a su vez lo cedería años después a la Malasia independiente.

En la actualidad, el puerto de Kuching sigue siendo tan frecuentado como en los tiempos del “Rajá Blanco”. Navegantes, mercaderes y aventureros  siguen siendo personajes comunes en la fascinante atmósfera del viejo puerto cosmopolita, convertido hoy en un imponente centro comercial en el que conviven pacíficamente chinos, malasios, indios, indonesios y europeos, preparando la próxima explotación de los inmensos recursos del interior de la isla, todavía custodiados por una selva  grandiosa que la tala irresponsable comienza a minar.

De un tiempo a esta parte, el puerto se ha convertido, además, en un destino turístico que ha propiciado la construcción de hoteles y de todo tipo de escenografías en las que los turistas reviven, autoengañados, la leyenda del “Rajá Blanco” y sus aventuras entre los temible cazadores de cabezas Dayak quienes, al menos en las villas más cercanas a Kuching, han sido reducidos a actores al servicio de los extranjeros que buscan emociones fuertes.

Familia Dayak

Familia Dayak tomada de Flickr por roger.blum

La verdadera aventura, el Borneo misterioso, sólo puede encontrarse si uno se interna  hacia otras poblaciones, navegando por los impetuosos ríos que llevan al corazón de la selva, a sus indescifrables rumores, a su calor húmedo y sofocante y a sus innumerables animales, entre los que destacan los simios y los últimos tigres, hábiles cazadores que la avanzada del hombre ha diezmado y obligado a refugiarse en las zonas más remotas.

Desembarcando en algunos de los claros, tras los rápidos, se pueden apreciar las aves más diversas, entre las que destaca el cálao por su canto sordo y rítmico. Esta ave es sagrada para los Dayak y su sonido evoca al de una trompeta. Con un poco de atención se pueden descubrir también a los diversos simios. Gibones, macacos y simangos se mueven, casi invisibles, entre las ramas más elevadas, escapando de los cazadores que van tras sus cálculos biliares, muy apreciados por los farmacéuticos chinos.

A esta fauna extraña y única corresponde una flora igualmente singular. Plantas carnívoras que pueden devorar pequeños mamíferos; plantas estranguladoras de lianas que sofocan árboles gigantescos. Se trata de una maraña de ramas, troncos y helechos gigantes, hábitat de espíritus y entidades sobrenaturales, según los Dayak, de la célebre tribu perteneciente a los Dusun, que en épocas remotas llegó a Borneo desde Sumatra para edificar aquí y allá pequeñas villas, presididas por sus tradicionales “casas grandes”.

Se trata de enormes chozas construidas sobre palafitos, que pueden alcanzar varios cientos de metros de longitud, y que en su interior están divididas en estancias o “bilek”, cada una habitada por una familia, que dan a un corredor interior o “ruai” donde se realizan todos los eventos colectivos. En el exterior se encuentra una explanada en la que merodean cerdos y pollos.

Tigre de Malasia

Tigre de Malasia tomada de Flickr por koller93

Cuando los turistas llegan en embarcaciones a esta zona lo primero que ve son los niños y las mujeres en sus tareas domésticas y enseguida los hombres de la tribu que corren a dar aviso al jefe “Tuak Rumah” quien se encarga de verificar las intenciones de los visitantes y de darles la bienvenida con un discurso que pronuncia a la entrada de la “casa grande”, donde examina los dones recibidos para dividirlos equitativamente entre los jefes de familia.

Si el jefe considera que los visitantes son de cierto nivel, vienen en seguida las danzas y los cantos en su honor, acompañados por grandes xilófonos, y en caso que se celebre un acontecimiento especial, se escenifica la danza de los guerreros, de un ritmo que provoca el trance entre los bailarines, quienes finalizan la ceremonia chocando sus frentes.

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