Es factible que haya olvidado muchas de las ascensiones que realicé a posteriori, pero jamás olvidaré los detalles minuciosos de aquella, mi primera experiencia importante como andinista.

Andinistas persiguiendo las rutas del Comapedrosa
Mi padre siempre había escalado y yo siempre había oficiado de acompañante de lujo de estas travesías, especialmente atraída por los vuelos hasta el destino y las altas montañas. Lo miraba, desde abajo, alojado en algún refugio, realizando actividades de nieve y esperando su regreso.
Claro que, cuando emprendía alguna expedición de rigor y de mucho tiempo en la montaña, yo me quedaba en mi casa con mi mamá.
Sin embargo, a lo largo de los años, fui internalizando esa pasión por la montaña y soñando con, algún día, hacer cumbre en los picos más altos.
A mi padre le gustaba llevarme a Comapedrosa, el pico más alto de Andorra, decía que ese era un buen sitio para iniciarse.

La cima rocosa del pico más alto de Andorra
Sucede que allí han armado un proyecto de rutas funcionarizadas con los distintos niveles.
Los que saben dicen que hay que empezar por encariñarse con la montaña, desarrollando trayectos bonitos, así, cuando el peligro aceche, uno crea que se está enfrentando con alguien amigo, a quien le conoce sus mañas.
La primera vez que vi el Comapedrosa tenía trece años y mucha energía. Sin embargo, mentiría si dijera que aquel paisaje de montaña, dominado por el llamado “gigante andorrano”, no me aflojó las piernas.
Luego identificaría paisajes “más rosados”, coartados por las cascadas, los lagos y las fuentes, y me tranquilizaría un poco.
Recuerdo que mi padre actuaba como un profesional; conocía esa montaña como la palma de su mano y quería que mi primera intervención fuera un éxito.
En el Parque Natural del Valle de Comapedrosa ofrecían varias rutas: la vuelta por el río Pollós, el itinerario nocturno por el mismo sitio y el ascenso al pico.
Mi padre aconsejó que, para entrar en calor, hiciéramos un itinerario de baja dificultad. Estaba convencido de que yo podría emprender el ascenso al pico, aún cuando estaba un año por debajo de la edad permitida para ascender.
Como ya se había pasado el horario en que se inicia la ruta diurna por el río Pollós, me anotó, y se anotó, en la travesía nocturna.
Ese desafío me interesaba, era verano, corría una cálida brisa y los lagos se veían de color turquesa. A las nueve de la noche, de aquel viernes, estábamos partiendo. Valles y tranquilidad fueron el resultado de este bonito paseo que funcionó como entrada en calor.
Al otro día, me esperaba el ascenso al pico. Estaba algo nervioso, pero más feliz. Miraba esa cima rocosa, mientras mi padre cargaba comida en mi mochila.
Él se quedaría esperándome, como yo lo hacía con él. Antes de partir, me abrazó y me aconsejó: “Cuando estés arriba, clavá los ojos en los pueblos de Arinsal y la Massana y no olvides nunca ese momento”.

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