Los viajes hacia el continente asiático siempre encierran sorpresas y nunca se termina de descubrir sorpresas dentro de su cultura. Cuando me hablaron acerca de la posibilidad de viajar a las Filipinas no quedé muy convencido ya que los referentes que manejaba era que se trataba de un país pobre, incluso con antecedentes de violencia civil y de un grupo terrorista que había visto en los noticieros no hacía mucho. Por si esto fuera poco, en mi mente aún flotaban las imágenes de la ira de la naturaleza que constantemente se las emprendía contra este país. Ni qué mencionar los antecedentes de la dictadura en aquel rincón del mundo. Pero mis compañeros de viaje no se rinden así nomás e hicieron lo imposible por contar con mi participación. Fue así que tomé parte en este inolvidable viaje a las Filipinas.
Nos dirigimos rumbo a la isla de Mindanao, la más oriental del archipiélago de este país y también la que más al sur se encuentra. Mindanao es conocida popularmente como la Gran Molucas y desde tiempos ancestrales fue un territorio organizado en sultanatos hasta los intentos de colonización española hacia finales del siglo XVI. La región estaba habitada por musulmanes básicamente y un pequeño grupo de practicantes de religiones menores, a diferencia del resto del territorio filipino que profesa el cristianismo. Sin embargo, tras largos siglos, la evangelización permitió la difusión del cristianismo también en Mindanao. Este proceso trajo tensión y resentimiento entre los herederos del Islam y aún existen grupos separatistas.

Imagen tomada de Wikipedia
Justo allí nos dirigíamos, al ojo de la tormenta que tanto temía y donde tenían su centro de operaciones las facciones terroristas. Sin embargo, me liberé de mis tensiones cuando accedimos a un pueblo bastante tranquilo y multicolor que parece haber detenido el tiempo tras de sí y que conserva sus antiguas tradiciones y oficios en un oasis de paz. Aquí los habitantes son bastante amables y humildes y podemos gozar de algunas comodidades que el turista siempre recibe con los brazos abiertos, como por ejemplo el transporte barato ya sea en taxis regulares o en las motos que han sido acondicionadas en su parte posterior para brindar este servicio. Los alojamientos y la comida también son muy baratos y tranquilamente nos pudimos haber quedado por tres meses aquí. Fue justamente en uno de estos cómodos alojamientos donde tomó cuerpo nuestra aventura ya que llegamos hasta Mindanao sin una ruta particular para seguir.

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En el autobús todos fuimos durmiendo (menos el conductor), y llegamos a Tozeur a las 7:00. Allí nos montamos en las calesas para ir a dar una vuelta por el magnífico oasis, mientras amanecía entre las palmeras y frutales. Cuando estábamos hacia la mitad del paseo, nos pararon y nos explicaron cómo funcionaba el oasis. También pudimos ver una demostración de cómo se recolectan los dátiles, dándole al chaval una propina por su graciosa exhibición, estuvo muy bien.Tras esta demostración podías comprar dátiles en caja, que no estaban muy baratos, ya que luego, si los quieres comprar sueltos, te salen a 3 TND/kg. Nosotros los compramos en la medina de Túnez a ese precio antes de venir, pero también allí en las tiendas de fuera del oasis los tienes a ese precio. Luego nos dejaron un rato paseando por el oasis y haciendo fotos hasta llegar otra vez donde se hallaban nuestros cocheros esperando. Nos habían recolectado unos ramilletes de jazmín real que nos costaron 1 TND. La vuelta, ya más despiertos, nos lo pasamos muy bien con el conductor, haciendo carreritas y gritando eso de: ¡venga Alonso!!.
Recorrer la India descalzo es algo admirable. Esa quemazón que sientes en tu piel no es comparable con la que estás sintiendo en tu interior. La India llega, se va adentrando poco a poco en ti y te roba el corazón como si de una geisha se tratara. Pero no lo hace sola. Tiene a sus vasallos, sus gentes, quienes hacen que la India sea como un rayo de sol que te roza y acaricia las manos. La india no duele ni está marchita. Ella no llora ni siente amargura. Solo goza y disfruta y estalla en miles de pájaros volando. Las gentes de la India son imanes para tu corazón. No se despegan nunca si tú no quieres que eso suceda y puede que incluso deseándolo, las imágenes de los hindúes se te graben en la retina aplastándose las pupilas y sintiendo como te recorren los sentimientos que creías no poseer. La India no es grande ni pequeña, no es inmensa ni minúscula, la India es ese mundo que se cierra en la muerte de cada uno y que se abre cuando uno cree haber muerto.


