26 de Marzo, 2008 por María Clara Fuerte
Lago de Bracciano. Un atardecer.
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Mi amigo ha desaparecido. Su móvil suena en casa de sus padres. Nuestros amigos lo buscan desde hace horas sin éxito, pero el problema es que ellos no pueden saber dónde está. Mi amigo se ha roto y hay que encontrar los trozos. Mi amigo puede estar sólo en los sitios donde iba con ella. Recorro uno a uno sus relatos, son mi brújula, busco, busco. Queda una sóla meta inexplorada: el lago de Bracciano. Conduzco desde Roma hacia el norte de la provincia, aparco y allí encuentro su figura, negra, rompiendo el horizonte.
Mi amigo mira el fuego encendido en el cielo, reflejo empírico del gran volcán que una vez la tierra albergó en este lugar y no siente nada. Recuerda todas las veces que lo ha observado abrazado a ella y las arterias se le empiezan a congelar. Piensa en sus labios mientras le comunica sus últimas palabras, fatídicas, y las venas se endurecen. Crea la imagen del beso que hubiera querido darle para despedirse y la muerte se apodera de su corazón. Redacta las frases que quizá la habrían hecho dudar y que no le ha dicho y todo se paraliza. Observa las gruesas cadenas del puerto y su mente, su entero ser, le dice que querría llevarlas toda la vida, atado a ella. No siente el calmo ritmo de las pequeñas olas, no siente el color plateado que ha ido cogiendo el agua, no siente el olor penetrante de la naturaleza, no siente la serenidad
de las barcas ancladas a la boya, no ve la montaña azulada, no ve las persianas cerradas de la casa del lago, casi como si le dieran la espalda, apoyando la decisión que ha tomado ella, poniéndose de su parte.
Me siento en silencio a su lado, manteniendo la distancia que su insensible dolor crea con el resto del mundo. El suelo está frío, no sé como puede estar ahí desde hace tanto tiempo. No me ha mirado, pero ha oído mis pasos sobre las piedras. Se deja caer hacia un lado y apoya su cabeza en mi regazo, abraza mi cintura y empieza a temblar. Un largo gemido araña el aire. Mi mano aperta se apoya en su cabeza, como la de Jesús cuando acogía a los niños y la congoja sube desde su garganta, desahogándose por fin en lágrimas. Tantas, tantísimas, por tantas cosas que no serán posibles, por tantos momentos que no nacerán, por un futuro imposible. La oscuridad nos envuelve poco a poco y con ella llega la calma. Yo estoy helada. Recojo los restos de la marioneta de madera con la nariz larga, larga, larguísima que ha muerto a orillas del lago y convenzo al niño que ha apenas nacido de subir a mi coche. Ya volveremos a por el suyo. Lo llevo a casa de su hermana, única mujer en el mundo capaz de recordar su ser niña junto a él y de donarle la complicidad infantil necesaria para viajar con él haciéndole crecer. Los dejo encima de la colcha, ella sentada mientras le acaricia la cabeza como a un muñeco, él tumbado, abrazándola como si fuera un peluche.
