Europa, Relatos
España

Viaje obligado a Zaragoza, parte dos

El corolario de un reencuentro
Juan Luis Pérez
08:00h Lunes, 29 de junio de 2009
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Nos abrazamos, claro que nos abrazamos; hacía siete años que no nos veíamos y, aunque yo me sentía distante, aunque había cosas de esta nueva Lorena que no me cerraban, yo la quería, la adoraba, la había extrañado.

Plaza de las Catedrales, Zaragoza

Plaza de las Catedrales, Zaragoza

Estábamos en Madrid y debíamos ir camino a su casa en Zaragoza, una ciudad que sólo conocía por sus bellos comentarios.

Había viajado a Zaragoza, muchas veces, a través de un teléfono, más en los primeros años, época en la que ella me describía hasta las alfombras de su casa.

Después esa conexión, tan detallada, se iría perdiendo, hasta llegar a llamarnos sólo para los cumpleaños y las fiestas de fin de año.


No me gustaba lo que sentía, pero estaba tensa. De hecho, cuando íbamos en el auto, nos pusimos a hablar del clima, un tema que, todos sabemos, se toca para entrar en confianza, para entablar una conversación; claro que eso sucede entre seres que no se conocen.

Museo del Teatro Romano, Zaragoza

Museo del Teatro Romano, Zaragoza

En ese diálogo me enteré que allí los inviernos acarrean heladas y los veranos son calurosos. Entre otras cosas me contó que ese era un día atípico, puesto que la temperatura había alcanzado los 40º cuando, generalmente, se estanca en 30º.

Me preguntaba porqué ella quería tanto que yo viajase hasta allá; ¿me quería ella más a mí que yo a ella? No lo sabía. Tuve que elegir entre muchos hoteles en Zaragoza.

Llegamos. Su casa, era un bonito piso de alquiler en pleno centro de Zaragoza, un sitio precioso, de tonalidades cálidas que combinan con las definiciones que se le han adjuntado a la ciudad: noble, leal, heroica y benéfica.

El paisaje pareciera condensar esas características. Adentro nos esperaba Ernesto, el marido de Lorena y Mateo, su hijo. Creo que esa fue la primera vez en el día en que sentí una emoción de lo más profunda.

Ví a su hijo y la vi a ella de pequeña, tocando el timbre de mi casa, invitándome a jugar. Me aferré mucho a ese niño hermoso, tanto, que los planes que Lorena tenía reservados para mí, debieron cambiar.

Ella tenía la intención de que disfrutemos solas, pero yo quise que Mateo y también Ernesto sean parte de la visita guiada.

Con ellos tres conocí el ala más esplendorosa de Zaragoza: la Catedral Basílica, el Museo Teatro Romano y todo el casco histórico, un lugar indicado para elevar el ocio a su máximo esplendor.

Su giro idiomático, que tanto me molestaba en el teléfono, ahora me parecía gracioso y hasta dulce.

Una de esas tardes Mateo y Ernesto salieron juntos a pasear, nosotras también. Las dos empezamos a caminar por Zaragoza y terminamos andando por El Tubo, un paseo de calles estrechas en donde la gente se sienta a tapear.

Así lo hicimos nosotras y permanecimos más de cuatro horas; nos reímos a carcajadas y terminamos en un llanto profundo. Al otro día partía, no había ido ni a Valencia, ni a Madrid, ni a Barcelona, y lo peor del caso es que me quería quedar allí.

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