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España

Viaje a Las Palmas de Gran Canaria

Una decisión al sol de una eterna primavera
Juan Luis Pérez
08:00h Sábado, 24 de enero de 2009
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Dos horas y media viajando desde Madrid con mis colegas. Como ellas conocían la ruta, me dediqué a descansar y a disfrutar del paisaje. Nunca había asistido a un congreso en esta ciudad. En realidad nunca había ido a un lugar tan bonito a hacer un congreso. En general, las ciudades que son sede de estas actividades son más parcas, más serias, más viejas, más finas. Y este lugar, Las Palmas de Gran Canaria, no parecía tener estas cualidades sino muchas otras. No sé si mejores, pero distintas.

Vista de Las Palmas de Gran Canaria

Vista de Las Palmas de Gran Canaria

En cuanto me quise acordar, estaban bajando mi equipaje en el hotel. Por suerte habíamos acordado alojarnos todas juntas. Ellas habían dispuesto un lugar, y yo había aceptado. No soy problemática en ese sentido, tampoco conocía el lugar, así que lo dejé en mano de ellas. E hice bien, pues el hotel es muy lindo. Y cómodo. Y con una linda vista.

A estas colegas de la psicopedagogía las había conocido en otro Congreso Internacional, y bastaron esas semanas para entablar una relación fluida, armónica; algo así como una amistad. Fueron ellas las que me convencieron para que asistiera esta vez. Yo no estaba con ganas, y menos aún, tenía esmero para preparar una exposición.

Finalmente, terminé convencida y estudiando para mi coloquio, aunque quizás no lo dicte, tal vez ese día me escape de excursión.


A diferencia de otros viajes, en este me importó más el sitio por visitar que la temática del congreso.
Yo no sabía, pero Las Palmas es un sitio donde se realizan muchos congresos anuales, puesto que una de sus virtudes es la temperatura. Durante todo el ciclo anual se puede vivir en una eterna primavera. La temperatura media es de 21 grados, ideal para friolentos y calurosos. De esa manera los congresistas no debemos preocuparnos por transitar temperaturas ni muy altas, ni muy bajas.

Estación de guaguas turísticas

Estación de guaguas turísticas

Cuando me enteré del congreso, busqué en el mapa: Las Palmas está situada al noroeste de la isla de Gran Canaria. Y luego me paseé por la enciclopedia que me brindó información que no tenía; por ejemplo, que es la urbe más poblada de las Islas Canarias. Y leí tantas cosas en aquel libro que ahora no tengo ganas de asistir al congreso, sino pasear por todas las fotos que vi allí. De hecho no me interesa perder el monto que pagué por la inscripción. Un congreso más o un congreso menos no me va a cambiar la vida. Pero, tal vez hacer las rutas turísticas de Las Palmas de Gran Canaria sí.

Al otro día de nuestra llegada, mis compañeras habían reservado una mesa ovalada en el estar del hotel para sentarse a tomar café y estudiar las consignas del día siguiente. Al otro día era la fecha de apertura del Congreso Pedagógico Internacional. Les dije que mi exposición individual estaba súper repasada, y me despedí hasta dentro de unas horas.

La idea de no concordar coloquios colectivos había sido una buena decisión. De este modo no debía depender de nadie, sólo de mí. Igual ya estoy pensando en no hacerme presente, y para que la ausencia no desprestigie mi carrera, daré parte de enferma y me iré a pasear en guagua, como hoy.

Ya tengo todo anotado. Los datos los saqué, mitad de la enciclopedia, mitad de un folleto turístico. Debo tomarme la guagua turística color rojo en el Parque Santa Catalina. Ahí está. Llegué bien. Y según mi manuscrito, este transporte típico de la ciudad, usado por turistas y ciudadanos, tomará la calle León y luego la Castillo, para desembocar en la avenida José María López.

No sabía donde iba a parar, pero por las dudas yo me había traído la malla. No sé si mis compañeras habrán traído traje de baño, están tan entusiasmadas con el congreso, que tal vez ni se les haya pasado por la cabeza el término playa.

Como no veía la avenida, me paré y le pregunté al chofer. Me dijo que me quedase tranquila ya que en un instante, tomaríamos esa calle y finalmente todos terminaríamos bajando en Guanarteme. Confieso que ese “todos” me tranquilizó, no sabía adonde iba, pero iba adonde iban todos.

Todos nos bajamos ahí; éramos más turistas que habitantes. Aunque, a decir verdad, ellos eran los turistas, yo era una congresista que debía estar estudiando para mi exposición. Todos, en conjunto, visitamos el Auditorio Alfredo Kraus; allí tomé sol en un muelle deportivo, y me codié con la “crema local y turística” en el club naútico.
Y después volví. A esa altura, mis compañeras ya estaban preocupadas. Me dio vergüenza llegar roja por el calor del sol – puesto que había llevado malla pero no protector solar-. En definitiva, yo salí a conocer el lugar y terminé conociendo el club nautico, sólo porque la guagua me llevó.

Playa de las Canteras

Playa de las Canteras

Todas a mí alrededor hablaban sobre los ítems que se irían a tratar al día siguiente en el Congreso, y a mí me molestaba. Ese fue el clicK que yo estaba esperando. Pude ver con claridad que ya eran muchos años de profesión. Que había trabajado durante toda mi vida como una obrera, que había hecho todos los congresos habidos y por haber, y que ya era tiempo de disfrutar.

Ese día, así, sin aditamentos, anuncié a la mesa que abandonaba la profesión, y que al día siguiente no expondría en el Congreso. Todas me miraron sorprendidas: ¡A quien se le ocurre abandonar la profesión en medio de un congreso en España! A mí. Pero la culpa la tenían Las Palmas de Gran Canaria y todo su atractivo.

Al otro día bajé a desayunar junto a mis compañeras, y cuando ellas se fueron rumbo al hotel en el que realizaba el Congreso, yo me fui, al unísono, a la playa.

No sentí culpa, sentí algo que estos años de profesión incansable me habían robado; placer, tranquilidad, armonía. Así, fresca y liviana me marché hacia Las Canteras, la playa urbana más importante del archipiélago. Ya no era la eminencia en la materia, era una simple turista paseando los tres kilómetros de arena dorada y fina.

Este paraíso hecho lugar me había ayudado a tomar una decisión. Una sabia decisión.Y venir hasta esta playa que recomendaba el folleto, una determinación aún mejor.

Nuevamente me uní a “todos” y me dejé llevar. Y la llevadera me llevó al arrecife natural “La Barra”. Pensar que si iba al congreso no lo iba a conocer: ¡qué pecado!

Estaba a más de 150 kilómetros de la costa africana, dándome un baño de agua marina y luego, saboreando una tapa con “todos”. No me importó ser una más. Yo era una más.

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