Inseparables fuimos los dos, desde el momento en que yo salí de su panza. Siempre juntos mi mamá y yo, más que juntos. Yo dependía de mi mamá y ella de mí. Con ella podía hablar de cualquier tema, inclusive de novias.

Fotografía aérea de Valencia
Mi mamá es de esas mujeres que ya no quedan, y no por compinche perdió autoridad frente a mí. Nos amábamos, compartíamos todo, pero nunca fue mi amiga, sino mi mamá.
Nadie, excepto yo, pudo entender, entonces, la decisión que mi madre tomó hace diez años. Nuestra situación económica era paupérrima, mi padre no pasaba la mensualidad, y la familia no podía ayudarnos demasiado.
Mi mamá era una guerrera y yo sabía que no iría a claudicar en el afán de darme la mejor vida. Un día de esos me sentó y me contó de su idea de irse a España, a probar suerte, en un hotel en Valencia a través de una agencia de viajes.
El detalle es que se iría sola, para poder asentarse y, luego de asentada, me mandaría a buscar, para retomar la relación magnífica que habíamos cosechado.

Atracciones de la ciudad de Valencia
Mientras tanto, yo me quedaría con mis abuelos y ella me enviaría dinero para solventar mis gastos.
Lloramos, anticipadamente, esa distancia, sabiendo que no nos quedaba otra. Yo tenía once años, realmente era muy chico para “perder” a mi mamá.
Ella tuvo que bancarse la condena de todo nuestro entorno, claro que ninguno de ellos había padecido, como nosotros, las consecuencias de un pésimo pasar económico.
No quise despedirla en el aeropuerto y, a partir de ese momento, me dediqué a estudiar los detalles de aquel sitio que iría a ser la casa de mi mamá y mi próxima casa.
Aquella ciudad dos veces milenaria, roseada con el baño del Mediterráneo, capital del antiguo reino de Valencia.
Las cosas no le fueron sencillas a mi mamá en esa plaza; pasó hambre, se resignó, volvió a retomar las esperanzas y se cansó de extrañarme. Sin embargo, aunque yo sabía que no la estaba pasando bien, jamás salió de su boca.
Los años empezaron a pasar y mi mamá nunca estuvo en condiciones de mandarme a buscar. Yo fui creciendo y yo no quise abandonar mi casa.
No obstante, aunque los dos teníamos en claro que ya no iríamos a vivir en el mismo país, sí sabíamos que nos podíamos visitar.
Recuerdo mi primer viaje a Valencia, a esa tierra de museos, paella y un pasado presente en todas sus calles.
Además de los detalles del emotivo encuentro, yo tenía la dicha de conocer, finalmente, en vivo, todas esas piezas de libros que tanto me habían interesado por años.
Ambos, aunque separados, éramos felices; y bueno dicen que el amor, en este caso entre una madre y un hijo, no tiene fronteras.

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