Relatos, Sudamérica
Uruguay

Un frustrado aniversario en Colonia

Un mareo que obstaculizó un bonito paseo
Daniela Escribano
12:00h Sábado, 26 de septiembre de 2009
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Las chicas nos habían regalado el viaje a Colonia con motivo de nuestro aniversario. Siempre las chicas nos hacen este tipo de regalos y no nos importó que fueran vuelos baratos, todo o contrario.

Callecitas de adoquines en Colonia

Callecitas de adoquines en Colonia

Tal vez sea porque somos muy caseros y a ellas les gustaría que salgamos más, que paseáramos más.

Yo me alegré cuando recibí el sobre con la sorpresa, aunque Néstor se alegró más. En realidad la casera era yo; a él le encantaba andar, pero como a mi no, él resignaba sus ansias de salida.

Pero acá yo no tenía opción: era un regalo de mis hijas y ambos teníamos que aceptar gustosos. Porque no es que a mi no me guste salir de mi casa, es que tengo muchos dolores de espalda y de cuello, y realmente me cuesta disfrutar.


No les voy a negar que lo primero que pensé es en el viaje en barco; para algunos podía ser muy bonito pero para mí, con mi malestar a cuestas, aquello era una prueba de fuego.

Colonia: Intersección del Paraná y el Uruguay

Colonia: Intersección del Paraná y el Uruguay

Igualmente, con una sonrisa en mi rostro tomé el barco aquella mañana soleada desde el puerto de Buenos Aires. Nuestras tres hijas nos fueron a despedir y a eso a nosotros nos dio mucha alegría.

El barco era enorme y teníamos como dos horas de viaje, tal vez un poco menos o tal vez un poco más.

Allí podíamos tomar sol en cómodas reposeras, almorzar, charlar con otros viajeros, disfrutar de la parsimonia del río, o apostar unas fichas en el casino a bordo.

Sé que a Néstor le hubiese gustado emprender todas esas actividades, sin embargo se mantuvo todo el viaje a mi lado.

Lo cierto es que apenas la embarcación se echó a rodar, yo empecé a sentir un mareo insoportable. En vez de café con medialunas, pedí una manzanilla y, con las piernas en alto, transité ese viaje hacia Colonia del Sacramento.

Mucho había oído hablar de aquella ciudad histórica y muchas veces había transmitido mis ganas de conocerla – en parte por eso las chicas nos habían hecho el obsequio-, y ahora que llegaba, lo único que quería era volver a mi casa.

Sabía que Néstor estaba fascinado con las callecitas de piedras que caracterizan esta ciudad, sabía que le gustaba que las puertas se mantuvieran abiertas y que en otras circunstancias se hubiera acercado a un uruguayo para conversar y compartir un mate.

Sin embargo, estando allí, en el suroeste de Uruguay, en la intersección de los ríos Paraná y Uruguay, él sólo se dedicaba a apantallarme.

Por suerte, con el correr de las horas, mi estado fue mejorando. Con el correr de los días fue recomponiéndome.

No obstante, cuando llegó el día en que me sentía en perfectas condiciones, también llegó el día de volver a casa. Otra vez barco, otra vez mareo y otra vez ansiar mi casa como nunca antes.

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