Desde que se él se había ido, yo vivía pensando y preparándome para el encuentro. Siempre había volado más alto que yo. Quería ser el mejor, el más exitoso de todos y yo, simplemente, quería ser feliz.

El esplendor de la Isla de Ischia
Por eso, apenas terminó el secundario, su familia y él decidieron que viajara a Italia para estudiar su carrera de abogado. Yo también estudiaría Derecho, pero sin moverme de mí casa. Eso era lo que pensaba siempre; siempre hasta que él se fue.
Se despidió de mí, jurándome amor eterno y pidiéndome que saque mi ciudadanía, que estudie italiano y que viaje a Roma lo antes posible.
En principio no le hice caso, pero fue poco el tiempo de ignorancia; a los pocas semanas estaba en el consulado y a los días empezaba un curso intensivo de idioma.
En una de las comunicaciones telefónicas, me aconsejó que empezara a chatear con italianos, para así acelerar mi manejo del idioma, para practicar lo aprendido en el curso.

Turistas de paseo por la Isla de Ischia
Como siempre le hice caso y, aunque me conecté con mucha gente, Fabio se convirtió en mi mejor amigo.
Era dueño de una pizzería y me hacía reír mucho. Me hablaba de su tierra con convicción y entusiasmo y me había comprometido a visitarlo – con la yapa de degustar una buena pizza italiana- cuando por fin viajara para allá.
Pero un día, él me dejó; me pidió que no viajara, me dijo que no quería lastimarme y me insinuó que estaba con otra. No supe qué hacer; hacía más de un año que sólo vivía planeando mi viaje.
Esa noche no hubo conexión a Internet, pero sí la hubo al otro día. El bueno de Fabio me saludó, tan alegremente, que no pude aguantar mis ganas de llorar. Le conté todo y el me contestó: “Venite igual”.
¿Cómo venite?, pensé yo. Me ofrecía estadía en su casa de vacaciones y la posibilidad de conocer Italia. Era verano y él, durante los veranos, se trasladaba a la Isla Ischia a practicar surf.
Me convenció diciéndome que se trataba de un centro turístico excepcional y que la pasaría muy bien.
Y dije que sí, no perdía nada. Un origen volcánico, aguas termales, como atracción principal, y un paisaje maravilloso sonaban como una linda opción.
Y, en el medio de todo eso, el buen mozo de Fabio y su tabla de surf. Él ya se había enamorado de mí a la distancia y a mi sólo me gustaba demasiado.
Disfrutamos de la visita al Castillo Aragonese, lo vi menearse entre las olas del Mediterráneo y nos besamos, por vez primera, en el pueblo de Sant Angelo, un sitio bello que parece estancado en el tiempo.
A partir de ese momento, Fabio y yo fuimos la salsa y el queso de una pizza, una combinación perfecta e irresistible.

Añadir a Del.Icio.Us



Comentarios de “Un amor a la italiana”
Aun no se han realizado comentarios.