Aún cuando todos desestimaban mi visión de la vida, yo siempre fui un perseguidor de mis propios sueños. Para el resto había que quedarse sentado, esperando que el destino obrara con uno, tal cual lo previsible, pero yo me negaba en forma rotunda.

Una postal de La Manga del Mar Menor
Vivía en una casa muy humilde y fantaseaba consumiendo series como “Baywatch” o “Beverly Hills 90210” aunque mis únicas vacaciones en la playa habían sido una oportunidad que falleció una tía de mi madre y debimos coger vuelos a Tenerife. Por suerte fue en verano y pudimos pasear por la costa unas horas.
Creo en el poder de la visualización y creo también que si uno adjunta muchas energías en pos de un objetivo, las metas pueden alcanzarse. Y a mí, por ejemplo, me gustaba la vida de playa y de deportes acuáticos.
Entonces desde mi más humilde condición, me tomaba un autobús, cargando una tabla “casera” e intentaba surfear en las pequeñas olas de una laguna cercana a mi casa.

Atardecer en La Manga
Tenía constancia y ese siempre fue mi fuerte. Soportaba cargadas, risotadas y la palabra, siempre pesimista de los descreídos. Sin embargo yo, día tras día, volvía a emprender mi viaje en autobús y mi práctica en la laguna.
Y como bien siempre había sabido, pude alcanzar mi objetivo. Pude progresar, pude comprarme una buena tabla de surf, pude empezar a entrenar con buenos guías y logré escalar a un nivel competitivo.
Los pesimistas de toda la vida debieron guardar sus risotadas para otro momento; yo les había demostrado que querer es poder.
Y en esa búsqueda incesante de mis sueños, yo había logrado acoplarme a la estructura del surf, pero todavía me quedaba pendiente el anhelo de transitar una vida de playa.
Hasta que, en una de las tantas competencias, tuve que viajar a La Manga del Mar Menor, una zona dividida entre los municipios de Cartagena y San Javier, en la Región de Murcia.
Además de ser ideal para los deportes náuticos, este lugar también lo era para disfrutar de unas exquisitas vacaciones.
No pude más que saber que ese era el sitio en el que yo quería vivir. Podía clavar mi mirada en sus playas y transportarme a la cocina de mi casa, en la época en la que miraba “Baywatch” y me enamoraba, cada día más, de Pamela Anderson.
Ese clima de lo más cálido y ese entorno natural, de agua salada, eran los nuevos objetivos que me proponía en esta instancia de mi vida.
Sabía que lo logaría como siempre lo había hecho; sabía que ese lugar se transformaría en mi nueva casa, sabía que podría hacerlo.

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