Yo soy un cinéfilo de aquellos. Desde que soy chico, mi hobbie preferido es mirar películas. Puedo llegar a mirar quince, en un día, sin cansarme, sin perder el hilo del argumento y tomándome el trabajo de pausar las tomas que me interesan.

Emir Kusturica, retrato de un director
Podrán decir muchas cosas de mi, menos que no soy coherente con mis elecciones. Fui mucho tiempo a la Escuela de Bellas Artes y luego me recibí en la Escuela de Cine. Viajo por el mundo visitando los lugares donde se rodaron escenas de mis películas preferidas y siempre consigo para ello ofertas vuelos que se ajusten a mi presupuesto.
Ahí aprendí a valorar la importancia de un encuadre y a entender cuando una escena cuenta y cuando no cuenta.
Por suerte me pude dedicar a ésto y hoy puedo vivir de mis producciones. No soy un director de cine comercial, pero tengo bastante popularidad.
Hace unos años me volqué a la producción de cine documental y, por el momento, no me arrepiento de haber tomado ese camino.

Mecavnik, un pueblo de cine
Claro que, a la hora de buscar antecedentes de este tipo de formato, encontré las mejores referencias en dos tipos, ampliamente distintos: Michael Moore y Emir Kusturica.
Por escuela y forma, me quedé más con el segundo que con el primero y allí se empezó a forjar mi camino hacia Mecavnik-Drvengrad.
Tuve la oportunidad de ver su documental sobre Diego Maradona y fascinarme con la concepción estética y las herramientas periodísticas que ese material persigue durante todo su desarrollo.
Desde ese entonces, sueño con poder entrevistarme con él y planeo mi viaje a Drvengrad, el pueblo cinéfilo que Kusturica construyó en Mokra Grova, una aldea de Serbia.
Y como siempre creí en la concreción de los sueños, este pudo cumplirse. A fines del año pasado pude viajar a este Hollywood serbio, en el que pasé uno de los mejores tiempos de mi vida.
Antes de la irrupción del cineasta, esta zona sólo tenía el valuarte de su ferrocarril; a partir de Kusturica, se financió la construcción de Drvengrad, una ciudad de madera, conocida como el pueblo del cine en la montaña.
Sin darme cuenta estaba caminando por la calle Fellini, aquel maestro que había armonizado mis tardes de estudiantes. Pateaba el asfalto de Buñuel, sin poder discernir sí ese sitio era un pueblo o un set de filmación.
Y, justamente, esa es la magia que envuelve a este lugar. Se caracteriza por ser un sitio mágico, especial para cinéfilos. Uno ingresa al cine, especialmente construido, puede participar de una clase dictada en la escuela o conocer la casa del propio Kusturica.
Uno puede sentirse dentro de un film, encuadrar, hacer zoom y “ponchar” todo lo maravilloso de ese espacio, en lo alto de la montaña.

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