Desde siempre me gustó comparar ciudades con personas y desde siempre supe que mi abuela Mery guardaba muchas similitudes con Madrid, por eso decidí descubrirlas cogiendo uno de los vuelos a Madrid.

Vista aérea de Madrid
Ella se reía, me decía que estaba loca, pero se divertía conmigo. Y es que mi abuela tenía eso, era una gran mujer pero también una niña loca, divertida, compinche.
Al igual que Madrid, mi abuela oscilaba entre lo moderno y lo tradicional. Por un lado se la pasaba evocando sus ansias de ver a todos sus nietos felizmente casados – “con papeles, nada de concubinato”- y por el otro, ella, que había enviudado hacía tres años, vivía de jolgorio.
Tres veces por semana se juntaba con sus amigas a jugar “a la baraja”, y todos los sábados asistía al baile de la Sociedad de Fomento. Asimismo, con ese mismo grupo partía de viaje dos veces al año – una en invierno y otra en verano-.
Como Madrid, mi abuela era un trozo de historia rasgado por los detalles más modernos. Te contaba anécdotas de su infancia y parecía que escuchabas una novela épica; y te contaba del sábado en el baile y te parecía oír a una adolescente.

Paseo por el lago en el Parque Retiro
Mi abuela también era cálida como la gente que se encuentra en Madrid. Siempre lo dije: amo Madrid porque allí la gente es bonachona, amable y cariñosa. Por eso también amé tanto a mi abuela.
Con el afán de que conociera la ciudad más parecida a ella, me encargué yo misma de promover el viaje.
Todo el grupo de la Sociedad de Fomento iría a conocer la capital de España. Mi abuela se sintió muy orgullosa de mí; ella bien sabía que todo lo hacía por ella.
Por otra parte, siempre había sido una pintora autodidacta, una simple artista que soñaba con conocer el Museo del Prado. Ahora podría hacerlo y eso me llenaba el alma.
Coqueta como siempre, la vi partir a la Comunidad de Madrid, ese lugar histórico y cosmopolita que tanto me hacía acordar a ella.
A la vuelta de ese viaje maravilloso, la mujer canosa y de ojos claros que tanto amé, me haría un racconto detallado.
Me contaría que Madrid estaba lleno de turistas, y que le había impactado la modernidad en contraste con el Casco Antiguo.
Me mostraría la foto de todo el grupo sentando en la Plaza Mayor. Me describiría la emoción que sintió al visitar el Museo del Prado y recorrer cada una de las obras de aquellos artistas que tanto admiraba.
Me hablaría de esa visita al Parque de Retiro, de su subida a un barquito en el que paseó por el lago y de la primera vez que se miraron con Felipe, un viejo español divino que la enamoró a primera vista.Tanto que en Madrid se quedó hasta el día de su muerte.
Madrid es tan parecido a mi abuela que, cada vez que vuelvo allí, la escucho reírse, protestar, hablar, llorar…

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