Relatos, Viajes
España

Madre e hija o viceversa

Viaje a Madrid e Ibiza
Juan Luis Pérez
08:00h Viernes, 24 de julio de 2009
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Yo había salido de su vientre y, sin embargo, éramos sumamente distintas. Aunque no tanto. En realidad compartíamos muchas cosas, nos queríamos como nadie, pero también teníamos gustos disímiles.

Las concurridas playas de Ibiza

Las concurridas playas de Ibiza

Claro que había una diferencia generacional; ella era mi madre y yo era su hija. Ella me usaba mi ropa para sentirse más moderna y yo le usaba la de ella, porque me encantaba la indumentaria de otras décadas.

Ella era un culto a la moda y yo era muy retro. Y así nos divertíamos; yo la criticaba a ella y ella me criticaba a mí. A veces, por determinados gustos e intereses, yo parecía más vieja que ella; yo la madre y ella la hija.

Lo importante era que no competíamos y que nos respetábamos y que, aún cuando compartíamos muchas cosas, cada una tenía su espacio personal.


Un día mi madre empezó a decir que si bien habíamos compartido muchas salidas, nunca habíamos hecho un viaje juntas; un modo metafórico de invitarme a viajar.

Una postal solitaria de Ibiza

Una postal solitaria de Ibiza

La miré con los ojos muy abiertos y le dije: ¿Te parece? Me parecía muy difícil poder acordar un sitio que sea de agrado para las dos, y que realizáramos paseos en los que las dos nos sintiéramos a gusto.

Pero ella insistió y nos fuimos a Madrid. Empezaba a gustarme la idea. Yo era una fanática de los museos y de la vida cultural; podía vivir toda la vida absorbiendo cultura. Espectáculos under, nuevas vanguardias; yo era una bohemia.

Y mi madre nada que ver. Pero se la bancó bien, claro que tenía un haz en la manga. Para el final del viaje tenía reservada una intensa pasada por Ibiza.

Poco patrimonio cultural y poca vida artística había allí, pero si mucha playa y mucha fiesta, como le gustaba a mi madre.

Como ella había cumplido conmigo, yo tenía que cumplir con ella. Estaba yo, en ese rincón de las Islas Baleares, rodeada de turistas y debía disimular, con una sonrisa, mi incomodidad.

En cambio mi madre estaba chocha, disfrutando de la tierra fresca, de los eventos nocturnos y de, nobleza obliga, ese eximio patrimonio natural.

Durante esos días, me hizo andar por esos 85 kilómetros de costa, portando ella, una energía envidiable. Para colmo me hacía reposar en cada cala, tomar sol en cada playa y bañarme, todo el tiempo, en el Mediterráneo.

Hasta que le empecé a tomar el gusto. Miré hacia el cielo y descubrí Sa Talaia, la montaña más alta del municipio de San José.

Otro día conocí la Catedral de Ibiza y el asentamiento arqueológico Sa Caleta. Pude entonces encontrar aquellos destellos de mi interés en un sitio que, aparentemente, para mi no lo era. Y de paso, viajé con mi madre.

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