Islas, Relatos
España

Madre e hija de viaje por Ibiza

Espíritus invertidos en un vínculo maternal
Daniela Escribano
08:00h Miércoles, 19 de agosto de 2009
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Yo era la única hija de una madre que también había sido única hija, por lo tanto, ella y mi abuela habían dedicado su vida a mi crianza. Mi padre se había muerto cuando yo era muy pequeña y casi no tenía recuerdos de él.

El verde agua en los paisajes de Ibiza

El verde agua en los paisajes de Ibiza

Entonces, las tres habíamos estado siempre unidas, pegadas, pegoteadas mejor dicho. Por eso yo culpabilizo a esta relación de mi mala fortuna con el amor. Tanto apego y sobreprotección espantaba a los candidatos que se nos acercaron durante nuestros recientes vuelos a Ibiza.

Así fue que a medida que pasaban los años tuve que hacerme la idea de que ya no iría a conseguir pareja, no iría a casarme de blanco y me quedaría para siempre con mis dos mujeres.

Mi abuela falleció un frío día de invierno sin que nos diéramos cuenta; ahí, dormida en su cama se despidió para siempre.

Y así seguimos por el camino de la vida mi madre y yo. Parecía que nuestras edades estaban cambiadas, puesto que mi madre tenía un espíritu más juvenil.

Las playas de Ibiza colmadas de turistas

Las playas de Ibiza colmadas de turistas

A ella le gustaba divertirse, salir a bailar y a mí en cambio, como buena Profesora de Historia, me gustaba leer, investigar, recorrer museos…

Un día a ella se le ocurrió que podíamos irnos de viaje juntas – si bien lo habíamos hecho en otras oportunidades nunca después de la muerte de mi abuela-.

Cuando me dijo adonde quería ir supe que mi teoría de la juventud cambiada no era irrisoria; ella soñaba con viajar a Ibiza, la capital de la diversión, un epicentro para jóvenes con ansias de divertirse.

Y aunque yo era más joven que mi madre, claro estaba que yo no era una jovencita, las dos estábamos bien entradas en edad. Igualmente, como siempre, logró convencerme.

Ese era un sitio soñado para mi madre porque en lo que a mi respecta, y amén de contar con un paisaje encantador, playas bellísimas y mucha diversión, no había demasiado patrimonio histórico para visitar.

Sin embargo a mi madre poco le importaba, estaba segura de que me convencería para que nos divirtiéramos juntas.

Unas cuantas horas de vuelo y habíamos llegado a este rincón de las Islas Baleares. En mi cabeza se iban reproduciendo las imágenes televisadas de las fiestas nocturnas locales y me preguntaba que iría a hacer yo allí.

No obstante, cuando descendí de aquel avión y comprobé la frescura de aquella tierra, supe que no la pasaría tan mal. Sucede que en Ibiza el Mediterráneo se combina con el aire de montaña, recreando una atmósfera de lo más cálida.

Y así pasaron nuestros días allí: mi madre disfrutando de los tantos kilómetros de costa y de las fiestas por la noche – aunque no puedan creerlo- y yo saboreando los espacios verdes y visitando algunos espacios como la Catedral.

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