Para quienes hemos nacido en la ciudad, las islas son sinónimo del paraíso, territorios de aventura y libertad. Una pizca de humanidad en medio del océano. Pero para aquellos que han nacido en una de ellas, el mundo es una isla.
Luego de varias horas de caminata por la Vereda do Areeiro, llegamos al Pico Ruivo, cúpula triunfal de la isla de Madeira (una pizca de esencia portuguesa en medio del Atlántico). Nos acompaña Joaquim, nativo de la isla, quien al llegar a la cumbre del Ruivo se acomoda entre unas rocas y se dispone a observar el fantástico panorama. El sosiego de aquel hombre y su familiaridad con el paisaje nos hace imaginar que es alguien que ha subido al techo de su casa para observar su barrio desde lo alto.
¿Qué es lo que este hombre ve?, nos preguntamos con curiosidad. Nosotros vemos un mar de nubes que avanza y, a lo lejos, el espejo azul del océano que refleja las tonalidades de un cielo celeste. Desde el Pico Ruivo todos los colores de la isla desaparecen (las mil tonalidades de las flores, las papayas, los colores del mercado, los techos variopintos de las casas). Son los dominios del cielo, el agua y las nubes, amalgamados en una alquimia que nos resulta aún más fascinante porque sabemos que más allá sólo hay océano.
Cuando compartimos nuestras impresiones con Joaquim, sonríe. Entonces relata lo que sus ojos ven. Relata lo que ven los ojos de alguien que nunca ha salido de la isla de Madeira. Unos ojos verdes llenos de océano.
Joaquim nació muy cerca del Cabo Girão, el segundo acantilado más alto del mundo. Desde niño, su mayor diversión y aventura consistía en escalar la escarpada roca, cada vez más alto según iban creciendo sus brazos. El día en que sus padres lo llevaron por primera vez al Pico Ruivo le resultó fascinante poder escalar sin temor de caer al agua. Pero más fascinante era haber llegado al techo del mundo.
Joaquim nos relató cómo fue descubriendo poco a poco los secretos de la isla y cómo aún hoy continúa haciéndolo. Y afirmó que cuando escuchó por primera vez hablar sobre algo llamado continente, descubrió que vivía en una isla. Como nunca conoció el continente, desde el Pico Ruivo Joaquim observaba al mundo, concluimos poéticamente.
Enternecidos con este encantador intercambio de miradas, emprendemos el descenso hasta la costa. En el camino van apareciendo los colores. Madeira es una acuarela de naturaleza y gente por demás exótica. Por un lado está el azul del agua, el cielo y los azulejos, tres símbolos del espíritu portugués. Pero aquí, se combinan con el estallido de color del trópico y las mil tonalidades de las flores.
Es por eso que los slogans turísticos llaman a Madeira “el Jardín Flotante del Atlántico” o “la Isla de la Eterna Primavera”. Lo que omiten estos arquetipos turísticos es una de las peculiaridades más fascinantes de la isla: su condición de portuguesa en medio del Atlántico.
Pero aún hay más, a diferencia de sus hermanas Canarias, Madeira estaba deshabitada cuando los españoles anclaron en la isla. Por eso en la formación de su espíritu contribuyeron culturas de todo el mundo. Y esa fusión tuvo lugar en un entorno natural único que combina la delicadeza de las flores con las líneas abruptas de sus picos y acantilados. Más allá de los adornos turísticos, Madeira tiene muchas historias que contar.
Empecemos por el Mercado de Funchal, la capital, donde se mezclan todos los colores de la isla. La magnífica variedad de flores es lo primero que capta nuestra atención. Luego van apareciendo frutas, verduras, telas, objetos, especias, un caleidoscopio con perfume a trópico. En el Mercado de Funchal se nuclean todos los productos artesanales de la isla, entre los que se destacan los magistrales encajes y bordados. Estas labores tan portuguesas han sido introducidas en la isla, sin embargo, por una distinguida señora inglesa
Otros colores captan nuestra atención. En la pasarela cotidiana del mercado, se suceden rostros con matices de canela y té junto pieles blanquísimas que delatan su origen inglés, así como pieles bronceadas por el sol del trópico, miradas hebreas y sonrisas latinoamericanas. Madeira también es un crisol de razas. A partir de una primitiva población mixta pero predominantemente portuguesa, la isla fue creando su particular cultura y población.
Nos detenemos a conversar con un vendedor de frutas, que se revela como un pequeño gran historiador de la isla. Al preguntar sobre la variedad étnica de Madeira nos habla de una sorprendente conexión entre los aborígenes de las islas Canarias (conocidos genéricamente con el nombre de “guanches”), los esclavos africanos traídos a la isla y sus primeros residentes.
Según su relato y otras fuentes que pudimos consultar, los madeirenses contrataron aborígenes canarios para realizar trabajos en la incipiente industria maderera. Estos aborígenes se encontraron en una posición totalmente diferente a su lugar de origen. En Madeira contaban con libertad y relativos derechos.
Se produjo entonces una ”rebelión guanche” que desató numerosos conflictos. Pero lo que más preocupaba al gobierno de Madeira era que los aborígenes incitaban a los esclavos negros a luchar por su libertad. Esta seguidilla de acontecimientos terminó con su desaparición.
Aunque no muy difundidos por las agencias de turismo local, existen en Madeira pinturas, asentamientos y otros vestigios aborígenes de origen canario. Aún más, en numerosos topónimos de la isla y en el origen racial de algunos canarios podemos encontrar la huella guanche.
Ya que los aborígenes poseían la ciudadanía portuguesa, ingresaban en Canarias como portugueses. El vendedor de frutas nos comenta que una mujer canaria descubrió en Madeira que sus antepasados eran guanches y no portugueses, como creía debido a su apellido madeirense. Estos fructíferos intercambios culturales aún no han sido valorados como una veta más de la fascinante cultura de la isla.
Este caldero racial y cultural se manifiesta en las danzas tradicionales. Cadencias árabes provenientes de los esclavos africanos se bailan con trajes portugueses en la Danza de Ponta do Sol. El más conocido de los ritmos de la isla es el Bailinho da Madeira, tocado con instrumentos tradicionales tales como la viola de alambre, el machete, la rabeca y el brinquinho.
Madeira es rica en fiestas, vino y flores, por eso su calendario festivo rebosa de color y alegría. Durante el Carnaval, todo el candor del trópico se traslada a los cuerpos que estallan en baile, una algarabía y liviandad de ropas que sorprende a los portugueses de la península.
En las pequeñas fiestas de pueblo, viajan las “cantigas” por las casas blancas y entonces sí, por un instante, parece que estamos en un pueblo del Algarve.
La mayoría de los turistas viajan a Madeira para disfrutar de su naturaleza. Esperamos haber anotado aquí muchas razones más para visitar esta tierra plagada de historias y encantos.
Fotos:
“Madeira Pilgrims Path” de Marco_Foto
“Cabo Girao” de Andoni Lamborena
“Funchal Market Scene” de Iam Photography
“Madeira People” de Mrt45


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Comentarios de “Madeira: corazón portugués que late en el Atlántico”
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