Casi las once de la mañana y recibo la inoportuna pero necesaria llamada de Oscar, mi viejo amigo y trotamundos que me saca del sueño obligado por una noche de vino y carnes de todo tipo que hicieron de la pesadez de mi sueño un colchón adherente. Me dice que me aliste de una vez porque salimos en menos de una hora para Mont Saint Michel, visita programada con antelación y de carácter ineludible para todo aquel que pisa territorio galo. Eso me dejaba con poco tiempo para asearme y tomar algo ligero antes de salir. Brinqué de la cama y me estiré tratando de llegar al techo, la ducha fría me terminó de devolver al día y lo comprobé cuando puede olfatear el fresco de las naranjas que se asociaban en mi vaso de jugo. Listo, cuando salí al pasillo del piso de mi curto, ahí estaba Oscar, con ojos inquisidores y sin mediar palabra me hizo un gesto para marchar con prisa. Yo no veía el apuro pues habíamos decidido rentar un auto para llegar a nuestro destino atravesando la Gran Vía.

Imagen tomada de Flickr por quim bahi
Mi espíritu nunca hubiese permitido contratar los servicios del bus que entra hasta las faldas de Mont Saint Michel, privándonos de la larga caminata que, paso a paso, va engrandeciendo aun más el legendario monte.
Así fue, luego de sortear todos los peajes, habidos y por haber, llegamos hasta la zona de aparcamiento de coches. A bajarse y a caminar, ahí, donde otros veían un castigo al sedentarismo, yo veía la recompensa máxima del viajero, saborear cada paso a la vista de tu objetivo. Fuimos avanzando mientras a nuestros costados divisábamos engañosas extensiones verduscas y marrones que parecían deprimidas lomas pero en realidad eran trampas mortales de ciénaga y fango desnudadas por la marea baja de aquel momento. Mientras, en el horizonte, la silueta de Mont Saint Michel ya era perfectamente visible hasta que al fin llegamos a los muros exteriores de la ciudadela. Un fortín nos esperaba con callejuelas apretujadas con casas y comercios disputándose la supremacía de cada calle, palmo a palmo. Hoteles y tiendas de souvenirs enarbolaban el estandarte del comercio mientras que los habitantes más visionarios habían renunciado al primer piso de sus viviendas a favor del negocio de comidas. Estaba visto que podíamos quedarnos en Mont Saint Michel todos los días que quisiéramos.
Cuenta la leyenda que por el año 708 de nuestra era, el mismísimo arcángel Miguel, descendió de los cielos para ordenar la construcción de la abadía principal que en poco tiempo se convirtió en residencia habitual de los monjes benedictinos, recibiendo en las faldas de su construcción todo tipo de edificaciones civiles que supieron detener el tiempo alrededor de ellas. Las murallas de la ciudad eran de carácter obligado ya que la ubicación geográfica de Mont Saint Michel la hace blanco perfecto de las mareas que bañan sus costas con furia y es que la naturaleza no conoce de religiones, por lo que ya es tradición que las campanas suenen dos veces al día en el pueblo, anunciando la llegada de las mareas. Por cierto que las campanadas son un motivo turístico más y suenan con la debida antelación ya que se dice que la marea sube bastante rápido. No conformes con esto, los pobladores circulan con gran fervor una leyenda que sostiene que la primera vez que la marea subió, atrapó a una joven que estaba encinta y para cuando la marea bajó, ya la mujer traía a su hijo en brazos.

Imagen tomada de Flickr por fanny et anthony
Un toque más de misticismo al lugar más visitado de la región Normanda y el tercer lugar religioso con más visitas en todo Francia, superando los tres millones de turistas al año. Este islote apenas presenta poco menos de un kilómetro de circunferencia y se eleva hasta alcanzar los 80 metros en el punto más alto de la abadía, el lugar turístico más apreciado del conjunto y que cuenta con visitas guiadas. El mirador desde los ventanales y muros exteriores de la abadía es desconcertante, sobre todo con la bruma formada en los días nublados y que le otorgan un tono tétrico al lugar haciéndonos creer que nos encontramos en los confines del mundo, dispuestos a observar una pelea titánica entre las fuerzas del bien y del mal. Pero, volviendo a la realidad, aparece la voz del guía de visita que nos cuenta que desde 1979, Mont Saint Michel ha sido declarado patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO. Un papel logró contener lo que ingleses y alemanes no se pudieron adjudicar durante la Guerra de los 100 años y la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Creo que la visión de la batalla no estaba tan equivocada.

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