Creía yo que esa crítica me tenía entre ceja y ceja, o tal vez fuera yo quien no podía ver que lo que ella veía era cierto. Quizás por eso no me negué a viajar una vez más, a pesar que mi agenda no lo permitía y cogí uno de los primeros vuelos a Madrid para terminar con este asunto.

La fachada del Museo del Prado
Bastaba con que yo armara una muestra de pintura, para que llegara ella, con su paquetería, para aconsejarme que definiera mi estilo. Con una sonrisa falsa, yo le respondía que iría a intentarlo, aún cuando no era cierto.
Un día, ya cansada de que muchos de los asistentes elogiaran mi obra y que ella interrumpiera mi alegría, me dispuse a responderle más fuertemente.
Fue así que se acercó a mi, para decirme lo de siempre, y yo le respondí: “Ya no estoy en la Escuela de Bellas Artes, ni usted es mi profesora. No hago cuadros para recibir elogios de la crítica y mi estilo es poder adentrarme en todos los estilos, sin definición, como lo hacía Tiziano”.
Ella quedó perpleja, en años, quizás por vergüenza, por respeto o por temor, yo no había replicado su consejo de este modo, pero esta vez estaba cansada; si hasta me tomé el atrevimiento de asemejarme con Tiziano Vecellio.

La sala Tiziano en el Museo del Prado
No quise hacerlo, pero me salió de ese modo. Yo siempre había admirado a ese pintor italiano del Renacimiento, y tal vez su influencia había pergeñado en mí, esa falta de definición.
Tiziano fue el más versátil de los pintores italianos; pintaba retratos, paisajes, motivos eclesiásticos y era difícil poder registrar rasgos identitarios en su obra.
Aunque sus seguidores, yo una de ellas, pudiéramos hacerlo. Para mi la clave estaba en la utilización del color; esas pinceladas sueltas y esa luminosidad en los matices eran su fórmula de repetición.
Cómo contarles que en aquella contestación furiosa, de mi parte hacia la crítica de arte, yo puse a Tiziano al servicio de mi argumentación y que esa referencia me llevó, finalmente, a concretar el sueño de pisar el Museo del Prado.
Claro, en mi vida yo también padecía la indefinición y, por ende, me costaba tomar decisiones. Por ejemplo, ésta, la de viajar a Madrid, que había postergado desde siempre.
Cuando pisé ese museo pude aseverar aquella afirmación que decía que era la Pinacoteca más importante del mundo. Porque allí estaban todos: Velázquez, Goya, Rubens, El Greco, Murillo y mi querido Tiziano.
Lucía bastante nuevo, debido a la remodelación de 1995; lucía nuevo y luminoso como las pinturas de mi autor predilecto, aquel que murió algo olvidado a causa, obviamente, de su indefinición.
Lo primero que hice fue ingresar a su sala y quedarme más de tres horas allí, sentada, contemplando. Hasta que por fin llegué a “La Gloria”, aquel cuadro de Tiziano para Carlos X; esa obra era maravillosa y no había crítica que pudiera opacarme esa función.

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