Varanasi es la ciudad eterna del Dios Shiva y uno de los lugares de peregrinaje más importante de la India. Está considerado un sitio propicio para morir, ya que asegura el acceso directo al cielo.

Varanasi, India. Fotografía: Wikimedia
Se encuentra a orillas del río sagrado Ganges, y ha sido centro de educación y civilización durante más de 2.000 años, duranter los cuales también recibió los nombres de Kashi y Benarés; su denominación actual es una adaptación de su antiguo nombre que significa “la ciudad entre dos ríos”.
Son muchos los dioses en los que creen los hindúes, pero los principales son: Brahman: creador del mundo; Visnú: el que cuida de su conservación; y Shiva: el que puede provocar su destrucción.
El atractivo principal de Varanasi reside en sus ghats para el baño (más de 85) que jalonan la orilla oeste del Ganges. Los ghats son los escalones que descienden hacia el río donde los habitantes de la ciudad y los peregrinos llegados de otros lugares, se sumergen para limpiar su alma; también existen los “ghats crematorios”, donde se incineran los cadáveres.
El tren llega a las 10,30 horas, con más de una hora y media de retraso. La desvencijada estación, así como las escaleras metálicas de salida, están abarrotadas de gente.
Forcejeando entre el barullo, conseguimos llegar con nuestras maletas hasta el lugar donde nos recoge una furgoneta para llevarnos al hotel, que está al sur de la ciudad. Después de una larga noche de tren, nos recuperamos con una ducha de agua del Ganges, que no sé si nos habrá purificado, pero por lo menos consigue dejarnos relajados.
Comemos en un restaurante cercano, en su pequeña terraza forrada de cañizos, aunque no podemos disfrutar de una cerveza, ya que los lugares que están cerca del río se consideran sagrados y en ellos está prohibido servir alcohol.
Salimos a recorrer la ciudad y lo primero que encontramos es una pequeña tienda de ropa local, donde un amable señor nos enseña prácticamente todo lo que guarda en su destartalado almacén. Entre risas, comienza nuestra frenética prueba de faldas, pantalones y camisas, cuyo precio, para seguir con la costumbre, acabamos regateando.

Varanasi, India. Fotografía: Wikimedia
Nuestro paseo nos lleva hasta el ghat. Así, donde encontramos gente de lo más variopinta, entre ellos nosotros, claro, y algunos peregrinos que a estas horas de la tarde se bañan cumpliendo la tradición de sumergirse por tres veces en el agua.
Por la expresión de sus caras, nos damos cuenta de lo importante que es para ellos el contacto con el río Ganges. Después de esta breve pausa para la meditación, nos adentramos por estrechas callejuelas, que aparecen bastante sucias. Varanasi, conocida también como”la ciudad laberinto”, nos sorprende a cada paso y entre un ruido ensordecedor, se nos cruzan bicicletas, ricksaws, peregrinos semidesnudos, niños, moscas y vacas, hasta que conseguimos llegar a una pequeña plaza, donde encontramos instalado una especie de teatrillo, con muchos vecinos sentados alrededor.
Como no queremos interrumpir, decidimos marcharnos, pero una amable señora, cubierta con un precioso sari de color rosado, nos invita a presenciar la función y nos explica que el grupo de chicas que hace la representación son voluntarias que controlan por los barrios de la ciudad a todos los niños enfermos de polio.
Se encargan de ir casa por casa y ver en qué estado se encuentran los enfermos, y a través de las representaciones tratan de concienciar a las familias de la importancia de cuidar a los enfermos y prevenir esta enfermedad. Los niños asisten a la representación con sus preciosos ojillos negros llenos de asombro mientras las chicas, descalzas y vestidas con saris de tonos anaranjados, danzan y cantan alrededor de una gran alfombra.
El ghat Haruman está más tranquilo, encontramos un grupo de búfalos negros del larga cornamenta, disfrutando de un apacible baño entre las sucias aguas del ghat. Sumergidos entre ellos, un grupo de hombres con redecillas muy finas se afanan en pescar minúsculos pececillos plateados, que esperemos no sean para comer, ya que el río Ganges es el más contaminado del mundo y se dice que el oxígeno de sus aguas es cero.
Ya ha oscurecido cuando negociamos el precio de tres ricksaws con unos serviciales y delgadillos conductores, que nos llevarán hasta el ghat Dasaswamedh, donde todos los días, al caer la tarde, tiene lugar una ceremonia de homenaje al río Ganges.
El camino nos resulta, cuando menos, sorprendente; la calle principal está abarrotada de tiendas y pequeños puestos, donde se vende de todo. Las calles no están asfaltadas y aparecen cubiertas de barro y charcos. Aún así, están atestadas de gente, que se afana en sus quehaceres cotidianos.
En algunos tramos y cruces el ruido se vuelve ensordecedor y tienes la sensación de que esta ciudad permanece día y noche en constante movimiento. Durante unos minutos se produce un corte de luz y tenemos que proseguir nuestro viaje a oscuras mientras la gente, que parece estar acostumbrada a estos avatares, continúa sus tareas alumbrándose con velas.
Vamos sufriendo por el pobre conductor, que parece se va a descoyuntar en cualquier momento, y nos sorprende su habilidad para esquivar cualquier obstáculo que se le ponga por delante.
Llegamos al ghat abarrotado de gente, se oye una estruendosa música de tambores y en una especie de escenario, cuatro chicos ataviados con sari corto danzan balanceando unas antorchas doradas con forma de cobra, mientras un penetrante olor a incienso invade el ambiente.
Acaban el ritual lanzando agua y pétalos de rosa al río con un pequeño cuenco dorado, mientras la gente congregada en el lugar se va uniendo a las plegarias y en una larga fila se acerca hasta el borde del río, donde toman un poco de agua con el hueco de sus manos y se ungen con ella la cabeza y el corazón. Infinidad de niños, salidos de no se sabe dónde, ofrecen a la gente, por una pequeña propina, unas pequeñas cestas hechas de papel llenas de pétalos de rosa y una vela, para que las puedas encender y lanzar al río como ofrenda.
Ha sido un momento muy emocionante y por unos instantes sentimos que hemos compartido con esta gente, de una cultura tan distinta a la nuestra, la misteriosa fuerza que transmiten las aguas sagradas del río de la vida.
Al día siguiente nos levantamos a las 5 de la madruga, para llegar hasta el ghat Dasaswamedh, donde en una destartalada barcaza de madera asistimos a la ceremonia de salida del sol. Vamos recorriendo las orillas del río y los distintos ghat donde la gente, totalmente ajena a nosotros, comienza con sus plegarias y rituales de baño.
El río va muy crecido, casi la mitad de las escaleras de acceso a los ghat están cubiertas de agua y los hombres que manejan la barcaza se ven en algún que otro apuro para mantenerla cerca de la orilla. Por encima de los ghat, aparecen las fachadas de impresionantes y ajados palacios y las cúpulas de algún que otro templo, con las figuras de sus dioses pintadas de llamativos colores.
Se divisa el gentío que sube y baja por las estrechas calles de acceso a los ghat y que, como cada mañana, acuden a reencontrarse con el río antes de empezar sus tareas cotidianas. Y es que un nuevo día comienza en esta ciudad milenaria, donde el paso del tiempo parece haberse detenido.
La barcaza llega hasta los ghat Manikarnika y Lalita, que se utilizan para las incineraciones. Aquí, se ve gran cantidad de leña apilada, que la familia de los muertos debe comprar. Tras la muerte, los hindúes envuelven los cuerpos en una tela blanca (si es hombre) o roja (si es mujer). Se colocan en una pira funeraria y el hijo primogénito del difunto es el encargado de prender el fuego que arderá durante varias horas.
Luego, se lanzan las cenizas y los despojos al río, para que el espíritu del fallecido encuentre una buena reencarnación, de las más de ocho millones posibles que existen en la India, según sus creencias.
Abandonamos el río y nos adentramos caminando por estrechos callejones oscuros, donde el calor se mezcla con un penetrante olor a quemado. La basura se concentra en las esquinas, donde las vacas disfrutan de tan variado menú en compañía de alguna que otra rata.
Nos cruzamos con gente mojada, que viene del río portando agua en unos pequeños cántaros que llevan a sus casas para rociar sobre los altares de dios Shiva. Hay infinidad de puestos donde venden recipientes de plástico para que los peregrinos se puedan llevar el agua sagrada de regreso a sus ciudades.
Pasamos nuestros últimos minutos en esta ciudad en el ghat Asi, donde nos sigue un pequeño grupo de niños, capitaneado por uno muy espabilado, de unos nueve años, que se empeña en vendernos –y lo consigue- una cestita con vela, llamada “Puja” (ofrenda), porque dice que no nos podemos ir de la ciudad sin ofrecérsela al río Ganges, para así asegurarnos que algún día regresaremos.
Acompañamos a los niños hasta la orilla y depositamos la puja encendida en el agua, junto con nuestro deseo de volver.
Acabamos repartiendo cajitas de lápices de colores entre los alegres niños y es a una de las niñas que forman este grupo a la que regalo una de mis camisetas. Cuando la deposito doblada entre sus manos, no sabe muy bien lo que es, pero cuando la despliega, su sonrisa y sus ojos nos dicen todo. Salta feliz y sale corriendo hacia donde se encuentran sus padres, lanzándonos mil besos por el camino.
Me emociono; nunca había visto tanta ilusión por un regalo tan insignificante, y por unos instantes, siento un poco de vergüenza, ojalá fuéramos nosotros capaces de conformarnos con lo que la vida nos ofrece en cada momento sin perder nunca la sonrisa.
A las 17,30 horas nos recogen en el hotel para llevarnos a la estación de tren. En la escalinata nos espera la risueña niña para despedirse de nosotros. Está recién peinada, con la camiseta que le regalé y un fino collar de perlas blancas al cuello, que hace resaltar la tez morena de su rostro y el brillo de sus grandes ojos verdes.
Mientras la furgoneta se aleja, nos dice adiós con su pequeña manita y sonrío al pensar que quizá algún día ella cuente esta historia: que cuando era pequeña, una estrafalaria extranjera de pelo rizado, le hizo el primer regalo de su vida. Yo también contaré a mi vez esta historia, y recordaré su alegre sonrisa como el mejor regalo que nadie me hizo nunca.
El tráfico está horrible y cuando llegamos, el tren ya está en el andén, reclamándonos con su chirriante pitido. Cae la tarde y a través de los churretosos cristales del tren que se aleja, contemplo como esta ciudad mágica vuelve a la animación y se va desdibujando entre tonalidades anaranjadas.
Fotografías: Wikimedia
Varanasi, India (Agosto 2004)
This post was submitted by Patricia Marcos Lopez.

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6 Comentarios en “Historia de un Viaje en Tren”
Yo también estuve allí, pero hubiera sido incapaz de describir tan vívidamente, tan bien, tan sencillo, todo lo que sentimos en ese momento. Solo unos pocos tienen este don, y tú Patri siempre lo has tenido. Un beso.
Yo no he estado allí pero por un momento me he visto recorriendo esas calles y compartiendo con esa gente los momentos que vosotros vivísteis.
Sigue describiéndonos a los temerosos de determinados viajes, lo más bonito del ser humano, no cambies nunca y lucha por tus sueños.
Ino
[...] peinada, con la camiseta que le regalé y un fino collar de perlas blancas al …Ver el regalo o el artículo originalhttp://www.eviajado.com/relatos/historia-de-un-viaje-en-tren.htmlHistoria de un Viaje en Tren – [...]
¡Madre mía! Si alguien no se ha emocionado con esta historia es que es de piedra. Viajar es esto: sentir el lugar, a las gentes, emocionarse, disfrutar, observar y aprender. Desde luego, espero que puedas seguir viajando y deleitándonos con estos relatos para aquellos que no hemos podido estar allí. Un beso.
Es buenismo lo que dices y como lo dices, cuanto vales Patri
Valentina
Heeeeeeeeeeeyyyyyyy !!!
Tenemos otros relatos de la misma autora. Algunos limitados en su capacidad a no utilizar más de un folio (perdón dina4) por ambas caras, pero no importa, la sabiduría humana ya pontifica “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.
No se cambian, ni se prestan, ni siquiera se alquilan, si alguién quiere verlos tendrá que venir a casa, los podrá tocar y leer e incluso saborearlos como si de una exquisita tapa se tratara, puesto que recomendamos su lectura con una copita de “ribera del duero”, una “cervecita bien fresquita”, (ambos acompañados del fruto de la bellota, pero, eso sí, en lonchitas), incluso con un cafetito de Colombia o un té de la India, junto con unas pastitas de la panaderia de mi barrio, que tendremos a disposición de los lectores.
Esperamos nuevas publicaciones, la de Estambul, nos sirvió como guía cuando tuvimos la oportunidad de visitar ese maravilloso bazar, ¿o es una ciudad?.
Para los mapas, la “tienda verde” o alguna similar.
Para los textos, la reina de la narrativa, de la descripción, de la sensibilidad y el sentimiento, o lo que es lo mismo: Patricia Marcos.
Y ahora quer no nos oye nadie. Patricia, ¡¡ en que lío te has metido !!, necesitamos más relatos, no nos puedes dejar ni un día más sin disfrutar de tu prosa, asi es que ¡¡ hala !! a viajar, a contarnos lo que veas. esperamos con impaciencia tus relatos, tu manera de vivir lo que nos rodea, el sentimiento que desde el tic-tac de tu interior se impregna en las palabras que con tanta sencillez desgranas sobre el papel y nos permiten momentos tan gratificantes.
Inmensamente agracedidos por conocerte, Inés y yo.