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Gusiluz está vivo, descubre las cuevas de Waitomo

Las cuevas de Waitamo brillan gracias a un gusano
Jordi Carbonell
08:12h Martes, 29 de junio de 2010
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Imágenes de ensueño en Waitomo

Lo dijo Mark Twain en su libro Viaje alrededor del mundo, siguiendo el Ecuador: “El vulgo imagina que Nueza Zelanda se halla en la vecindad de Australia, o bien del continente asiático, y que se puede acceder a la isla cruzando un puente. No es así. No está cerca de ningún sitio, sino que se yergue, independiente y aislada, en medio de las aguas. Australia es el país más próximo, pero próximo no significa colindante. El espacio intermedio es muy ancho”.

Nueva Zelanda tiene entidad propia, es así de simple. Y sea lo que sea lo que le empuje a visitar el país, no pierda ni un minuto dudando. Está en la otra punta del mundo, eso es innegable. Pero por experiencia propia, pesan más los pros que los contras.

Seduce la idea romántica del paraíso perdido, ya que fue uno de los últimos lugares del mundo en ser habitado. Enamora la enorme riqueza de sus orígenes: maoríes, ingleses y holandeses incluidos. Incluso, sorprende que fuera la primera nación del mundo en otorgar el sufragio universal femenino.

Eso sí, lo que te vuelve absolutamente loco son las cuevas de Waitamo. Éste es un territorio situado en sudeste de la región de Waikato, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. Allí, durante millones de años, se han creado espectaculares cuevas de roca calcárea que atraen todos los años a miles de turistas y aficionados de la espeleología.

Aunque los maoríes conocían la existencia de las cavernas, el jefe local Tane Tinorau necesitó la ayuda del topógrafo inglés Fred Mace (en 1887) para descubrir la sinuosa red de grutas que conforman el rincón más bello y mágico que el ser humano ha podido observar.

La visita a las cuevas se inicia desde un pequeño embarcadero, al cual se puede acceder haciendo un divertido descenso en rappel. Con el arnés fuera, empieza la navegación por el río subterráneo: las paredes se estrechan, los techos disminuyen y la luz natural se vuelve cada vez más tenue. Sorteando milenarias estalactitas, con el corazón encogido, por fin los muros vuelven a agigantarse, dando la bienvenida a un maravilloso micromundo.

Millones de luces azuladas brillan en todos los rincones, como si se tratara del firmamento, azarosas galaxias. Y aquí está lo más curioso: cada pequeña luz proviene de la larva de un insecto llamado Arachnocampa luminosa. Es un gusano que segrega una especie de pegamento en forma de pequeñas perlas, que van quedando unidas unas a otras y generan este efecto luminoso. ¡Gusiluz está vivo!

Foto: Timparkinson en Flickr

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