Europa, Relatos
Alemania

Frankfurt y una ocasión para volar

Un miedo injustificado a cambio de una decisión acertada
Daniela Escribano
08:00h Martes, 29 de septiembre de 2009
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Me atreví a volar, en sentido literal y en sentido metafórico también. Había pasado muchos años de mi vida relegando las ansias de conocer algo del mundo por un estúpido miedo a lo desconocido.

El ala más jóven de Frankfurt

El ala más jóven de Frankfurt

Claro que era así; nunca había volado y tenía miedo de subir a un avión para llegar a uno de los hoteles en Frankfurt donde tenía reservas. Prejuicios, miedos infundados, y una increíble fobia a lo nunca vivido retrasaron mi viaje, mi vida, y parte de mis sueños.

Pero como en todo cuento de final feliz, esta historia también lo tuvo. Muchos años maceré esta posibilidad sin suerte, hasta que un día lo hice y le puse el punto final a esta barrera.

Y con ese viaje de bautismo en avión, también fui bautizada en el arte de decidir, de hacer, de sentir, de animarme y de no reprimirme ante lo desconocido.


Por eso es que aquel viaje a Frankfurt significa mucho más que un paseo bonito para mí. Pude enfrentar mi fobia, pude volar, puede sentirme libre.

Plaza Romer, fragmento de la parte antigua de Frankfurt

Plaza Romer, fragmento de la parte antigua de Frankfurt

Y descubrí la fórmula: cuando el objetivo supera la traba, se logra. Y a mi me pasó así.

Mi hermana se había ido a vivir hacia cinco años a esta importante ciudad alemana; había trabajado, había conocido a un hombre, había quedado embarazada y en ese momento Francisca, mi primera sobrina, había llegado al mundo.

Siempre había querido ser tía, siempre había querido tener una sobrina. Cuando me enteré de su nacimiento una combinación de felicidad y tristeza corrió por mi cuerpo; ella existía en este mundo y yo, por un miedo injustificado, no la iría a conocer.

No obstante, aunque debieron pasar tres meses, pude superarme y me decidí a viajar.

Sabía que iría a pisar una ciudad del centro de Alemania, sabía que me iría a alojar en el estado de Hesee, sabía que iría a conocer el puerto del Río Maín, pero en mi mente sólo figuraba la cara de Francisca, mi sobrina adorada.

Ni siquiera debí tomar un tranquilizante; apenas despegamos sentí que un sueño pesado venía a mí, y así resultó mi viaje, a pura siesta.

Más tarde aterricé con gran cantidad de bolsas rosadas para ella. Traía más regalos que equipaje propio y no me importaba.

En el aeropuerto de esta tierra vieja y joven (las dos cosas al mismo tiempo) me esperaba esta familia de tres que, de acuerdo a mi supuesto miedo a volar, dudaba de mi llegada.

Cuando la vi en brazos de mi hermana, a esa alemanita rubia y de perlitas blancas en sus orejas, agradecí el haberme tomado ese avión, agradecí haberme animando a volar.

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