Europa, Relatos
Italia

Florencia la ciudad, Florencia mi hija

Un recuerdo para nunca olvidar
Juan Luis Pérez
08:00h Martes, 30 de junio de 2009
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Cuando volví de ese viaje, prometí no olvidarme jamás de ese paisaje y, para no hacerlo, decidí ponerle a mi primera hija el nombre de esa ciudad: Florencia.

Una cálida postal de Florencia

Una cálida postal de Florencia

Mi madre me había convencido para que juntas hiciéramos ese viaje a este sitio maravilloso y como la crisis esta vez nos jugó a favor, conseguimos viajes baratos para cumplir nuestro sueño.

Pertenecíamos a una familia de fuerte presencia femenina, por lo que a nadie extrañó que dejáramos a mi padre solo en la casa, y partiéramos a un destino italiano, también con nombre de mujer.

Nada de azar amigos, estaba todo pensado por mi madre, defensora acérrima de las condiciones de la mujer.


Y así llegamos a Florencia, mi madre y yo, una muchacha de quince años, distinta a las chicas de mi edad. Distinta porque a mi me interesaba el arte y la historia, distinta porque me gustaba compartir programas con mi madre y distinta porque me maravillaba con las cosas simples de la vida.

Vinos toscanos en las mesas de Florencia

Vinos toscanos en las mesas de Florencia

Si hay un concepto que me caracterizaba era la sensibilidad; me lo había dicho mi madre, que no se cansaba de repetirme que, hasta el paladar yo tenía sensible. Y, debido a esta característica, me utilizaba de probadora oficial de sus comidas.

Para mi era algo natural; yo le decía “está muy fuerte” o “le falta condimento”, o “está a punto”. Pero ella decía que esas acotaciones eran fundamentales para alcanzar el súmmum del buen gusto.

Ahora bien, estábamos en Florencia, no sólo para conocer el esplendor de esta ciudad, cuna del Renacimiento, sino porque mi mamá tenía intenciones de perfeccionarse en el arquetipo de la cocina Toscana.

Entonces, entre paseo y paseo, visitábamos restaurantes, ella pedía y yo probaba; luego anotaba mis apreciaciones.

Por las mismas calles que ahora paseaba yo, habían circulado, en algún tiempo, Miguel Ángel, Leonardo y Rafael, y, para mí, que era una devoradora del buen arte, ese gran detalle le daba importancia a mi estadía.

Y después de Miguel Ángel, venía un trozo de bistec a la florentina, el plato típico de esa tierra y mi apreciación: “exquisito”. Mi madre se sorprendió, jamás había tenido esa devolución, siempre algo encontraba. Pero, en esa ocasión, no pude más que otorgarle esa calificación.

Cada calle, cada plaza, un pequeño templo, el parque de la Signoría, la cultura flotando en el viento y una copa de vino toscano que mi madre me dio a probar; todas estas piezas armaban ese rompecabezas de Florencia que yo no quería olvidar.

Tan presente quería tener ese recuerdo que hasta decidí llamar a mi hija como esa ciudad. Alguna vez yo misma llevaré a Florencia a ese sitio al que me llevan sus ojos.

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