Europa, Relatos
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Escocia: De whiskys y habanos

La aventura de un anti-abuelo
Daniela Escribano
08:00h Miércoles, 30 de septiembre de 2009
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A los ojos de la sociedad yo sólo era el típico viejo al que le gustaba fumar habano y tomar whisky en los hoteles en Escocia puesto que, parecería ser, que estas dos actividades invalidaban mis cualidades como ser humano.

Tierras altas, un bello terreno escocés

Tierras altas, un bello terreno escocés

Y no es que esté asumiendo una postura de víctima, es que mi entorno vivía machacándome la costumbre de incurrir en estos dos menesteres.

Y es cierto: yo fumaba cuatro habanos y me tomaba dos vasos de whisky por día. Para algunos era poco, pero para mi familia era demasiado.

Para ellos yo era un fumador y un borracho empedernido, demasiado para un viejo que además vivía, se cocinaba, dormía, leía un libro por jornada y no dejaba de acudir a ningún evento social.


Por eso es que opté por hacer lo que más les dolía: los ignoraba. Ignoraba a mis dos hijas mujeres, a sus maridos y a mis nietos.

Una postal del Lago Ness, Escocia

Una postal del Lago Ness, Escocia

Ustedes dirán que era una especie de anti-abuelo, pero lo cierto es que estaba cansado de las críticas y del deber- ser al que me querían someter.

También por eso decidí que me haría un viajecito y que no les contaría nada; “a ver si me pinchaban el globo”, pensaba.

Lo planee todo. Elegí el lugar soñado, tuve tiempo para pergeñar cada parada de ese paseo, y para consultar todas las dudas que me generaba estar más de un mes en un país desconocido; luego lo conté.

No gastaré un solo segundo en contarles cómo fue la recepción de mi familia, puesto que aquí lo importante es contarles que, finalmente, pude hacer mi viaje a Escocia.

No habrá mucho que indagar en el porqué de esta elección, sólo bastará con saber que es la capital del whisky para empezar a entender.

Yo no era ni soy un tomador compulsivo, a mi me gusta la ceremonia. Díganme sí existe algo más romántico que sentarse al calor de un hogar, en una noche de invierno, a disfrutar de un habano y de una copa de whisky. Nada que decir.

Por fin podía pisar el suelo de ese país de la Isla de Gran Bretaña, en donde se condensaba casi toda la filosofía de mi vida: el verde que tanto me gusta, la tranquilidad, la diversidad – y el dejar ser-, la gastronomía sabrosa y, por supuesto, la mayor producción de whisky.

No me olvidó de la riquísima historia victoriana que tiñe el arquetipo de este destino, porque olvidé contarles que mi lectura diaria en parte es histórica y en parte es arquitectónica.

No me alcanzarán jamás los cuadernos para dar cuenta de todo lo vivido en Escocia – más que todo en las Tierras Altas – , y no me alcanzará ni el mejor whisky de mi bodega para logar hacerle sombra a los que allí pude degustar.

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