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España

El camino para llegar a mi amiga

Una anécdota con sede en las playas de Cantabria
Juan Luis Pérez
18:00h Lunes, 30 de marzo de 2009
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En mi bandeja de entrada tenía un mail de María Esther, que me explicaba dónde encontrarla: “Castro Urdiales es un paseo formado por fachadas encristaladas, pulcramente pintadas de blanco, que se enfrentan directamente al mar.

Cantabria desde las alturas

Cantabria desde las alturas

Al otro lado del puerto, una iglesia gótica se alza casi sobre el agua y, junto a ella, una fortaleza medieval y un puente romano se recortan sobre el horizonte. Verás que las calles tienen aire marinero y que la carretera nacional no dista mucho de este paisaje.

Te espero por estos días, búscame sobre la arena blanca, el mar azul o las rocas colmadas de verde, saludos María Esther (desde Castro Urdiales, Cantabria)”.


A todos sorprenderá este correo que más que una invitación – y guía- de una amiga a otra, pareciera ser la carta de presentación de un folleto turístico.

Vista panorámica de la costa de Cantabria

Vista panorámica de la costa de Cantabria

Sin embargo, la única no sorprendida soy yo. La conozco a María Esther desde los tres años, tiempo que, como vecinas de casa de por medio, nos amistamos para toda la vida. Ella me quería mucho a mí y yo a ella, aunque ella fuera especial, difícil de llevar.

La vida la había golpeado fuertemente; la había vuelto cerrada, fría, introvertida, demasiado formal para relacionarse con sus pares.

Pero yo sabía que esa actitud se había confeccionado a golpes muy profundos y que, detrás de esa coraza, se escondía aquella niña de trenzas y moños rojos que me tocaba la puerta de mi casa para invitarme a jugar.

Como aquellos años de nuestra infancia, esta vez no me había convencido para jugar a la escondida – y ocultarnos tras la estanciera de su padre-sino para que viajara con ella a las playas de Cantabria. Le dije que si, pero que iría menos día que ella. No conocía esa zona, y me habían dicho que tenía unas playas magníficas.

Creí que se había arrepentido hasta que recibí ese e-mail tan formal, tan parco, tan descriptivo del lugar, pero tan poco entendible para mí que no lo conocía y debía llegar.

Finalmente alquilé un auto para llegar. En un momento –luego de andar bastante- las casas pintadas de blanco, una iglesia gótica y una fachada medieval – además de un hermoso paisaje costero- empezaron a contarme que había llegado a destino; el destino señalado por María Esther.

Bajé a la playa, era temprano. A lo lejos la vi, llevaba malla enteriza y gorro de paja. Me acerqué y ella, a modo de bienvenida, me dijo- : “Sabía que ibas a llegar hoy, ya desde chica fuiste previsible.

En la canasta tenés el termo con café y un budín recién horneado”, y siguió con la lectura de su libro. En vez de ofuscarme por tamaña frialdad, tomé el camino inverso; me senté a su lado y la abracé.

Entonces ella, largó su libro, respondió a mi abrazo y empezó a llorar.

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