Europa, Relatos
Italia

Conocer Roma con los cinco sentidos

Dificultades para contar lo que se vive con el cuerpo y el alma
Daniela Escribano
08:00h Jueves, 24 de septiembre de 2009
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Pasé más tiempo mirando esa computadora que escribiéndole a mis seres queridos desde los hoteles. Y es que, como nunca antes me había ocurrido, no supe cómo describir todo aquello que me estaba pasando en aquel viaje a Roma.

La cinéfila Fontana Di Trevi

La cinéfila Fontana Di Trevi

Escribía y borraba, borraba y escribía y volvía a borrar. Quería condensar vista, oído, olfato, gusto y tacto en unas pocas oraciones, y no lograba hacerlo.

Siempre pensé que cuando pudiese conocer Roma las palabras fluirían a borbotones, ocupando espacios interminables, pero la realidad me estaba demostrando otra cosa.

Allí entendí aquello dicta que, cuando uno espera algo con demasiada fuerza, luego las consecuencias pueden ser contraprudecentes.


En mi caso no había contraproducencia con la ciudad, más aún Roma, esa ciudad que siempre soñé visitar, había superado mis expectativas y tanto había impactado en mis sentidos que no me dejaba empezar por algo.

El esplendor del Coliseo Romano

El esplendor del Coliseo Romano

Finalmente, y luego de un rato de incertidumbre y nubosidad, opté por redactar algo cortito y al pié: “No sabía cómo empezar a escribirles. No sabía que elegir para contar.

Es que Roma ha capturado mis cinco sentidos; no dejo de mirar postales, no dejo de oler a tierra fresca, no dejo de oír los idiomas que se entremezclan, no dejo de tocar la piedra maciza de los monumentos que visito, no dejo de comer pasta con mariscos”.

Releí varias veces hasta que me convencí y apreté “enviar”. Tal vez no era el texto más decoroso, pero sí el que mejor describía mi experiencia.

Quién sabe porqué hacía mucho tiempo que yo quería conocer la capital italiana; quién sabe porqué yo me sentía parte de su cultura, mucho antes de pisar su terreno.

Y así lo disfruté. Caminé Roma como sí acaso estuviera caminando por un túnel histórico, que me permitía volver al pasado, y me sentí yo también una pieza de museo.

Eso me permitió ingresar al Coliseo Romano disfrazado, en mi interior, de gladiador, imaginándome las riñas que allí tuvieron lugar.

Ese concepto sensorial también me llevó a visitar la Fontana Di Trevi con la mirada clavada en Anita Eklberg y Marcello Mastroianni. Largo rato me quedé en ese sitio estupendo, recordando uno a uno los pasajes de la “Dolce Vitta” de Fellini.

Como lo hice en la Fontana y en el Coliseo, a cada uno de los sitios que visité le entregué mis sentidos, con el objetivo de recibir una buena ración de sensaciones.

Y dentro de esa dinámica pude, por ejemplo, mirar las pinturas de Miguel Ángel, Tiziano y Caravaggio, al mismo tiempo que sentía el óleo fresco, percibía las texturas a través del tacto y escuchaba una fina melodía que acompasaba la escena.

Cómo contar una Roma que viví con todos los espacios de mi cuerpo. Y, sin querer queriendo, lo hice.

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