¿Mapas? Por supuesto que se necesitan, pero a veces el destino que uno va a visitar, requiere más de tiempo que otra cosa. En este caso no era diferente pues nos disponíamos a partir rumbo a una de las zonas más hermosas y tranquilas de la ciudad de Roma, tierra de eterno conocimiento y testigo de innumerables batallas por el poder y el conocimiento. Las manecillas del reloj apenas y señalaban las ocho de la mañana en la muñeca de este puntual explorador cuando tocaba abordar el bus que nos trasladaría hasta el sudeste de la región donde nos esperaba un conglomerado de pueblos agrupados bajo el nombre de Castelli Romani. Este conjunto se asienta sobre las colinas Albanas, que, generosas, ceden sus fértiles terrenos para el sustento de la zona, allí en donde antes el cráter de un volcán se imponía. Ahora dos hermosos lagos ocupan el lugar del cráter, estos lagos son el Lago Nemi y el Lago Albano que toma su lugar de las estribaciones del lugar, este último, de forma oval y perteneciente a la localidad de Castel Gandolfo y lugar de veraneo de los Papas, casi por costumbre.

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Pero no sólo los Papas encontraron remanso en esta famosa y apacible región romana sino que muchos nobles romanos, ya desde los tiempos antiguos, gustaban del retiro hacia estos lugares, donde, según ellos, el benigno clima de los veranos, hacía potenciar su juicio y razonamiento, además de las artes que cada uno de ellos cultivaban.
Todos estos pueblos disfrutan de una espeso verdor, apuntalado por las cadenas de arbustos que provienen de los propios castillos de la región y sustentadas en el césped finamente cortado de los parques nacionales y las reservas mismas de Castelli Romani. Los miradores también son comunes en esta región, donde los turistas parecen quedar petrificados, como estatuas eventuales que no se cansan de mirar lo que el hermoso horizonte ofrece. Por un lado la vista es literalmente inundada por el Lago Albano y sus pasivas aguas, contenidas en un gigantesco recipiente ovoide, y todo esto rodeado por la llanura verde que se extiende por detrás del observador. Los palacios, también se cuelan como comunes denominadores de la zona, contando cada uno su propia historia, proveniente de remotas épocas.
Revisando un poco de historia, podemos ver que el nombre de Castelli Romani, surge apenas en 1879 de manera espontánea y práctica para la designación de lo que mil años antes se denominaba Campo de Roma o Colinas Albanas. Claro que esto se dice desde el punto de vista oficial porque el lenguaje coloquial de pueblo, siempre se refirió a su región como Castelli Romani. Las capas de suelo de esta zona se formaron durante el período cuaternario mediante insistentes fenómenos volcánicos que dieron lugar al cráter gigantesco que se extendieron hasta más allá de la región. Pero Roma no se puede adjudicar el asentamiento civil en esta región puesto que ya desde épocas anteriores a la formación del Imperio Romano, varias comunidades latinas se agruparon sobre esta zona, gente conocedora de las posibilidades y comodidades que la vegetación y los lagos de Castelli Romani podían ofrecer a sus generaciones. No fue fácil para los romanos conquistar esta zona pero lentamente fueron asimilados política y socialmente. La economía no fue distinta y ya en la época de la república romana, los más pudientes comenzaron a acumular títulos de propiedad dentro de la región, alentados por el clima benigno y la paz reinante del retiro.

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En tiempos más próximos, durante el siglo XV, para ser más precisos, los castillos feudales pasaron a transformarse en municipios, perfilando de esta forma la actual configuración de la zona que se vio retocada por las agrupaciones civiles que se abrieron paso entre ellos, a manera de villas. Las abadías y los santuarios no se hicieron esperar y también se sumaron al escenario con pretensiones claramente dominantes, las cuales empezaron a dar sus frutos en el siglo XIX mediante los pontificados y sus continuas reformas que iban demoliendo el sistema feudal. Por supuesto, su ubicación estratégica no pasó desaperciba y fue un importante puesto de vigía durante la Segunda Guerra Mundial, clave en la liberación de Roma. De los innumerables pueblos que conformar la región, podemos resaltar Castel Gandolfo, lugar fijo de residencia papal durante los veranos desde que fue adquirido por el pontificado durante el siglo XVI. Este lugar goza de una privilegiada vista al lago Albano. Otra zona recomendable es la Grotaferata sobre la cual se levanta una abadía que data del siglo XI y de hermosos jardines exteriores cuyos árboles brindan una hermoso filtro solar, reflejado sobre la roca sólida y al regocijo de exquisitos vinos. Lo dicho, faltó tiempo.

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