Relatos
España

Badajoz: Una tierra de recuerdos

El primer paso para volver
Daniela Escribano
12:00h Lunes, 28 de septiembre de 2009
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“En mi casa siempre se añoraron y se respetaron las raíces, le comenté a una compañera de trabajo en un receso laboral.

Badajoz, la tierra más conservada

Badajoz, la tierra más conservada

Nunca sabré porqué llegué a hacerle esa afirmación mientras buscaba en internet vuelos baratos, no recordaré porqué en ese almuerzo llegamos a hablar de nuestros orígenes.

No obstante aquello que le dije a Susana, en ese mediodía caluroso, es lo mismo que podría afirmar hoy, mañana y siempre.

Me acordé de algo – o de todo-: la conversación emergió de un inoportuno comentario de mi compañera, a quien se le ocurrió decir que estaba harta de los inmigrantes que, luego de cincuenta años en este país, seguían hablando su idioma, manteniendo sus costumbres y llorando su tierra; “sí pasaron más tiempo acá que allá”.


Claro que Susana jamás imaginó que, frente a ella, tenía a una hija de un matrimonio español, que había huido de su país escapándole a la hambruna, a los escombros y al dolor.

Vista de las montañas de Badajoz

Vista de las montañas de Badajoz

La gallega que llevo dentro, y con mucho orgullo, tomó la posta para dar cátedra en un monólogo, en el que la frase inicial deber haber sido la más suave.

Yo siempre había admirado ese cariño por el suelo de origen, siempre había admirado a mi madre que bregaba por no olvidar la receta de las lentejas de mi abuela, siempre había admirado la idoneidad y la altura con la que mi padre criticaba a Franco, y no iría a permitir que nadie se burlara de esta forma de llorar la tierra.

Susana me pidió disculpas y no se las acepté, y no porque estuviera enojada sino porque no era a mí a quien debía pedirme perdón.

Al terminar ese almuerzo supe que no volvería al trabajo; sentí la necesidad de visitar a mis padres, de tomar un té con ellos, de escucharlos hablar de Badajoz.

En muchas ocasiones yo les había insistido para que regresaran a Extremadura, y ellos siempre habían desviado la conversación.

Siempre creí entender que tenían miedo de volver, temor al sufrimiento, y que optaban por conservar el recuerdo de su tierra tal cual la habían dejado.

Allí sólo les quedaban primos y amigos. El tiempo y la vida les habían arrebatado, primero a sus padres y luego a sus hermanos.

No obstante, aquella tarde yo fui dispuesta a convencerlos de volver. Me guardaba una carta importante: les propondría acompañarlos en ese regreso.

Y así fue, luego de tomar una exquisita manzanilla y, tras su sorpresa y sospecha por mi visita en ese horario, les dije: “Nos vamos los tres a Badajoz, y sin peros”.

Mi padre se rió y mi madre empezó a secarse las lágrimas con su delantal. Y si bien muchas veces yo los había incitado a volver, ésta parecía ser la vencida.

Me encargué de programar ese viaje con cariño y dedicación.Dos meses después, los tres despedíamos a nuestra familia en el aeropuerto.

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