Siempre he sentido fascinación por las letras, en especial por las Lenguas; mi preferida, desde los inicios académicos que ya casi siquiera recuerdo es el Latín; que aprendí a escribir y hablar muy bien, sólo que no encuentro con quién.

St. Peter square, Roma. Italia
Por algún motivo, durante mi juventud se me ocurrió que el Latín guardaba estrecha relación con el Italiano; asumo que parte de la lógia que empleé en aquél entonces para anudar ambas lenguas tenía que ver con un muchacho de aquél origen, venido de Roma a muy temprana edad y cuyo recuerdo imborrable, hoy, me trae a recorrer este hermosos rincón de Italia. Sí, estas memorias las escribo desde uno de los hoteles en Roma en donde he decidido hacerme fuerte y enfrentar el temor que, siendo una veinteañera, me impidió seguir a Maurizio.
Tengo su dirección, correo electrónico y teléfono; conozco de su vida que se ha divorciado y tiene un hijo ya mayor estudiando lejos; sin este dato quizás no me hubiese animado a venir a Roma, pero la excusa que utilicé con mis hijos es que quiero aprender Italiano, rápido; ahora que el retiro me ha dejado demasiado tiempo libre y ellos sienten que les molesto.
Por supuesto les ha parecido una idea grandiosa, descansarán de mí y se sentirán orgullosos porque me he animado a aprender esa Lengua de la cual sólo puedo repetir algunas palabras de la RAI cuando dan las noticias.
Que haya elegido Roma, para ellos tiene como fundamento que es donde se encuentran la mayor cantidad de escuelas de italiano de prestigio, donde se imparten cursos con diversas modalidades, todos rápidos. Prometo volver en unos meses hablando el idioma pero nada digo de Maurizio.

Piazza Venezzia, Roma.
Las galerías de arte no me interesan en verdad, prefiero la Literatura y, estando en Roma: sus lugares famosos, esos que inspiran romanticismo puro y que hacen pensar que la historia de hace 20 años hubiese sido un cuento de hadas cuyo final jamás conoceremos.
En el hotel pregunto sobre las escuelas de italiano, están por todos lados pero las que más me interesan se encuentran a pocas cuadras; camino con mis papeles en la mano para realizar mi inscripción mientras me debato si acaso le llamaré. A Maurizio, claro.
No logro juntar el coraje de llamarle y llevo dos semanas aquí, me miento y digo que primero quiero hablar algo de italiano, para sorprenderlo en el encuentro, pero se que no es verdad, aunque es una bonita idea.
La verdad es que el aprendizaje me lleva muchas horas y cada clase me habilita a leer y comprender nuevos libros de filosofía que antes me eran vedados si acaso no había una traducción al español o al inglés. Quiero probar lo que aprendí, pero no llamaré a Maurizio, mis arrugas me han convencido de que mi tiempo pasó, asi que emprendo el camino hacia la Piazza Venezia, con un pequeño mapa dibujado a mano por un compañero de estudios.
Piazza Venecia se encuentra en el mismo centro neurálgico de Roma, donde parece imposible llegar si no es a pie puesto qu elas calles circundantes Vía del Corso, Fia de los Foros Imperiales o Vía del Plebiscito son un atasco permanente.
Pasé largas horas contemplando los monumentos y edificios que desde la Piazza Venezia se pueden apreciar pero no creo que haya sido eso lo que causó mi melancolía y mi deseo de volver a casa.

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