Mi amiga Lorena siempre fue más desapegada que yo. A mí siempre me tiró mi tierra, mi familia y mi casa y, en consecuencia, ni siquiera podía imaginarme una vida de lejanía.

Vista panorámica de la ciudad de Zaragoza
Ni siquiera me imaginaba yéndola a visitar a Zaragoza, su otra tierra, ni encontrarme buscando hoteles en Zaragoza por internet. Me indignaba escucharla hablar, porque parecía que hubiese vivido más tiempo allá que acá. Y yo estoy convencida de que, si uno no quiere, el acento original no cambia.
Si no miren a mi abuela, hace más de cincuenta años que dejó su Italia natal, y todavía practica ese idioma. Es psicológico, no hay dudas, es una forma de no olvidar, de recordar, de sentirse cerca.
Por algo dicen que aquellas costumbres, naturalizadas en el propio país, se convierten en reliquias cuando uno está lejos.
Igualmente, no sé si a Lorena le pasaba algo de eso. Sólo sabía que hacía siete años que no la veía y que la amistad se había desvanecido con el tiempo.

Plaza de las Catedrales, Zaragoza
Cuando partió hacia Zaragoza, yo estaba convencida de que, aún a la distancia, el fuerte vínculo que teníamos jamás se iría a romper. Pero, a esta altura, me había convencido de lo contrario. Cada vez que hablábamos, ella me invitaba a pasar un tiempo en su casa, pero yo la sacaba corriendo; ni loca me iba para allá.
Además, ella estaba casada, tenía un hijo y yo era una desconocida para ellos. Pero existió un día, en toda esta historia, en que ya no pude negarme. Fue el día en que Lorena, sin previo aviso, me mandó un pasaje; fue el día en que ya no pude decir que no.
Quiero que se entienda que yo tenía ganas de verla, pero tenía miedo de sentirla una desconocida; hacía siete años que no nos mirábamos a los ojos y eso era demasiado.
Por eso, unos días antes de viajar, le comuniqué que pasaría unos pocos días en Zaragoza y que, utilizaría la cercanía de esta ciudad con Madrid, Valencia y Barcelona, para conocer.
Creo que no le cayó muy bien – en el arte de disimular no era muy versada- pero bueno, yo no quería sentirme incómoda, yo no quería molestar.
Culminaré esta parte del relato, contando que mi avión aterrizó en Madrid, y que allí me esperaba Lorena, para llevarme hasta su casa, Zaragoza, la capital de Aragón.
Para la próxima les prometo los detalles de este emotivo reencuentro y de mi paso por España.

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1 Comentario en “Viaje obligado a Zaragoza”
[...] abrazamos, claro que nos abrazamos; hacía siete años que no nos veíamos y, aunque yo me sentía distante, aunque había cosas de esta nueva Lorena que no me cerraban, yo la [...]