Ayacucho con un clima templado-seco, ubicada en la zona andina central del Perú a unos 2762 msnm, es uno de los lugares donde la Semana Santa constituye un ciclo completo de singulares celebraciones en las que, a la liturgia cristiana, le sigue representaciones creadas por la tradición. La fe del viejo catolicismo, el deseo escondido de manifestar la intensa devoción de un pueblo que vive en un tiempo marcado por los claros sonidos de sus campanas, convierten esos ocho días en un espacio religioso, en que se dan la alegría y el dolor, la tristeza por el sufrimiento de la Virgen y la muerte de Cristo, y la felicidad desbordante por su resurrección. La Semana Santa anuncia su llegada desde el viernes de dolor, siete días antes del Viernes Santo.
La ciudad se convierte en centro de peregrinación de devotos que llegan de los pueblos más lejanos de la costa, la sierra y la selva. Muchos de ellos efectúan “pascanas” (descansos) en los pueblos del camino.
Estas caravanas hacia Huamantanga hacen surgir numerosas ferias en las que se realizan activas transacciones para la compra y venta de ganado, artesanías y productos manufacturados.
En esta celebración, los ayacuchanos y los forasteros acuden a la parroquia de Santa Maria Magdalena para la procesión de la Virgen de los Dolores. La llegada del domingo de ramos marca el efectivo inicio de la semana santa y es el día de la bendición de palmas en los templos parroquiales. En las primeras horas de la tarde ingresan a la plaza de Armas tropeles de asnos portando “chamiza” (flor retama seca) que se deposita cerca de la catedral para ser quemada el domingo de pascua. de la iglesia de Santa Teresa, a la tres de la tarde, sale una imagen de Jesús que, montado en un burro blanco, revive la entrada en Jerusalén. Camino a la plaza de armas, cristo es recibido triunfalmente por el pueblo que, habiendo esperado todo el año esta fecha, acude multitudinariamente agitando palmas. El encanto de la fiesta realzado por la belleza de las alfombras de flores multicolores extendida sobre la calzada. Antiguamente las palmas eran traídas desde el Apurímac por el mayordomo de la fiesta que las repartía entre los fieles. Acabada la celebración y después de bendecidas por el obispo, ocupaban un lugar preferencial en las casas para que sus especiales poderes preservaran a la familia de los males.

El domingo de ramos se efectúa así mismo en la catedral la primera “reseña”. Esta ceremonia es una de las más originales de estos días. Una larga alfombra con diversos motivos ornamentales se extiende por el pasadizo central desde las últimas bancas hasta el presbiterio. Delante del altar mayor, un sacerdote vestido de manta y capuchón negro sostiene una bandera negra con una cruz granate; en el templo, los fieles recogidos en profundo silencio, contemplan como el sacerdote agita la bandera hacia uno y otro lado y efectúa diversos movimientos avanza lentamente hacia el altar, se arrodilla manteniendo el pendón vertical, retrocede de espaldas lentamente hasta el borde de los peldaños o agita el pabellón dando cara a las naves, lo escoltan dos acólitos con vestiduras blancas y moradas mientras dos cantores entonan una monocorde melodía de dramático acento acompañados con las grabes notas de un pequeño órgano. En el transcurso de esta ceremonia el abanderado se dirige por el pasadizo hasta la altura de las primeras filas de bancas y allí, dando frente al altar, agita la bandera de derecha a izquierda haciéndola flamear sobre los fieles. Tradición a larga data, recuerda las ceremonias funerarias romanas en las que se preparaba un túmulo sobre el que se colocaba el cuerpo de un general victorioso muerto en batalla. Sobre el se agitaba una bandera, la “reseña”, honrándolo por haber muerto venciendo al enemigo. El cristianismo de los primeros siglos recogió esta ceremonia interpretándola como un homenaje a cristo muerto pero vencedor de las fuerzas del mal.
El lunes hay misas, y en el templo de la Buena Muerte se efectúa la procesión de la imagen de Jesús en el huerto de Getsemani.
El martes desde las primeras horas de la mañana se suceden los oficios religiosos ofreciéndose en la catedral una misa solemne y un canto de la pasión. En la tarde la ciudad se vuelca a confesarse en las iglesias y, en la noche, asiste a la procesión del Señor de la Sentencia.
El miércoles es el último día del “encuentro”; se ofician dos grandes misas solemnes en Santa Clara y en la Catedral- y se lleva a cabo la última reseña. En la noche, acompañado de la tribulación del pueblo sale de Santa Clara el Jesús Nazareno, fina escultura de dramática expresión y bellas facciones vestido de rica túnica granate con hilos de oro confeccionadas por las religiosas de clausura, es llevado en hombros por las hermandades, al compás de bandas que entonan lentos cantos procesionales. Por otras calles marchan hacia la Plaza de Armas las imágenes de la Virgen Dolorosa, San Juan y La Verónica. La multitud, vestida de negro y portando cirios ilumina las callejuelas de la ciudad mientras el ambiente, con el humo de las velas, el recogimiento y la interior expectación, se hace denso de majestuosidad y carisma. Esta procesión, que es una de las más impresionantes de la semana, revive el encuentro de la Madre Celestial con su hijo en el camino del Calvario. Estas bellas imágenes tradicionales son cargadas en andas adornadas de centenares de delgados y largos cirios encendidos, semejan naves sobre un oleaje de rostros en los que las llamas de las velas producen claro-oscuros de extraño y peculiar movimiento. Ya en la plaza la verónica se aproxima a cristo y las dos andas se inclinan, para que la buena mujer limpie la sangre y el sudor del rostro del salvador.
Como una representación de otros tiempos, la verónica se dirige al anda de San Juan para anunciarle que ha estado con Cristo, luego enfila a una de las esquinas de la plaza para participárselo a la virgen; ansiosos por encontrarlo se dirigen al Mesías y se produce entonces un curioso juego de idas y venidas de andas que simbolizan que se esta tratando de encontrar el camino, al fin la virgen encuentra a su hijo y se revela el momento mas dramático de la noche: las andas se inclinan como si las imágenes se saludaran con hondo respeto, quedando e esta posición largo tiempo. Después del encuentro las andas vuelven a sus iglesias acompañados por los fieles sobrecogidos por estas escenas.
El viernes santo, con la procesión del señor del santo sepulcro, ahonda aun más el dramatismo.
El sábado de gloria se efectúan en la catedral la bendición del nuevo fuego y la misa de vigilia. Horas mas tarde, a las cinco de la mañana del domingo, la tristeza se transforma en regocijo cuando las campanas empiezan a tocar con los primeros resplandores del sol, la multitud deja escapar un asombrado murmullos al ser abiertas las puertas de la catedral, del interior surge un anda piramidal, blanca y deslumbrante a la luz de los cirios, en la cumbre de la que esta una imagen de cristo resucitado. Al terminar su periplo por la plaza entre la fantasía de los fuegos artificiales, el anda vuelve a la catedral concluyendo en esta apoteosis de alegría la gran festividad.


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