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Argentina

Mi amigo el Cucú

Una italiana en Carlos Paz
Juan Luis Pérez
08:00h Domingo, 28 de junio de 2009
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No sé cuanto tiempo habré estado parada allí, sólo sé que fue mucho. Aquel bicharraco salía, cada un buen rato, y me decía “Cucú- Cucú” , y a mi me causaba mucha gracia.

Una postal de Carlos Paz

Una postal de Carlos Paz

Aunque mi prima me quiso arrancar de ese lugar, reiteradas veces durante esa tarde, yo estaba más que entretenida. Me ponía a contar el tiempo que transcurría entre salida y salida, calculando que se cumpliera a rajatabla como prometían en la Agencia de Turismo donde había tramitado mis vuelos baratos para viajar.

Estábamos en Villa Carlos Paz, Córdoba, allí vivía la hermana de mi nona, sus hijas y sus nietos.

Yo había viajado con ella, desde Italia a la Argentina, y ahora paseaba por el centro de esta ciudad cordobesa, junto a mi prima segunda, la hija de Adriana, una de las hijas de Mery, mi tía abuela.


Sabrina se reía de verme tan entretenida con el reloj Cucú, un símbolo de esa ciudad; claro, para ella, y acostumbramiento mediante, se había convertido en un poste más de los muchos que se alistan en la calle.

Reloj Cucú, un símbolo de Carlos Paz

Reloj Cucú, un símbolo de Carlos Paz

Pero ella debía comprender yo era extranjera y que para mí eso era una novedad. “Con todas las cosas lindas que hay en tu país, vos te venís a fascinar con este reloj”, me decía.

Ahí me di cuenta que la distancia y el prejuicio hacen a la magnificación del todo. Ella no conocía mi país, sin embargo, presumía que era mucho mejor que el suyo: más lindo, más entretenido, con más cosas para ver.

Y yo soy de las que piensa que cada lugar tiene su encanto. Carlos Paz era para mí un sitio maravilloso, un hermoso lugar para estar, visitar y vivir.

Todo lo que allí habitaba a mi me conquistaba; las Sierras, el Valle de Punilla, el lago San Roque y la posibilidad de realizar el camino de las Altas Cumbres.

Sabrina entendió y empezó a compartir mi juego de tiempo con el Cucú. Ellos vivían en pleno centro y eso me daba la posibilidad de manejarme por el entorno de la ciudad, en los momentos en que mi familia estaba ocupada con sus actividades cotidianas.

Entonces, uno de los días me fui a pasear en aersosilla, remontando hacia el Cerro La Cruz, en una altura de 960 metros.

Y, otros de los días, aprovechando el temple de su clima, me alquilé una moto de agua y pasé toda la tarde paseando por el lago San Roque. A medida que pasaba por los balnearios, colmados de gente, los turistas se paraban para saludarme.

Por la noche, junto a mi prima Sabrina y otros parientes más lejanos, concurría al teatro, visitaba discotecas o nos refugiábamos en alguna playa cercana, alrededor de un fogón.

Sin embargo, las tardes estaban reservadas para las visitas al Cucú; todavía me acuerdo y me da nostalgia pensar.

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