Los climas de Praga en una carta
“El clima aquí es continental, el invierno no es tan frío porque es presumiblemente seco. La primavera es un poco fresca, al principio, y después cálida y soleada. En el verano no hace calor, gracias que llega a los 25º. Y el otoño es raro, a veces en noviembre llega a hacer 3º. Ya hace un año que estoy aquí, y estoy en condiciones de describir el clima anual desde la ventana de uno de los hoteles en Praga. No me extrañen, pronto volveré, Juliana.”

Centro de la ciudad de Praga
Esa fue la carta – o la mini nota- que encontré en el cajón de la mesa de luz de mi madre aquel día de marzo. No me acordaba de haber enviado yo esa enmienda hasta que la vi, y me maté de risa. Fue la única correspondencia que mi madre recibió en 18 meses, y encima le hablaba del clima de Praga. La agarré y la llevé hasta la cocina. Pronto le pregunté “¿te acordás de esto?” Ella contestó: “Cómo olvidarlo”. Juntas nos reímos a carcajadas. Su relato empezó.
Me contó que yo, su hija Juliana (como si yo no lo supiera) me había ido a estudiar a Praga y no me comunicaba jamás –bien me acuerdo. Y que ella, mi madre, pasó un año, súper angustiada, por no saber de su hija hasta que llegó el cartero. Mi madre lloró de la emoción hasta que la abrió y la leyó, y la emoción se transformó en tristeza. No era una carta, era un telegrama en el que yo, su hija, solamente le hablaba del clima de Praga.
Hoy, fortuitamente, podemos reírnos. Yo la embromo diciendo que “por algo la habrá guardado”.
Mi madre me había impulsado a viajar a República Checa, ella quería que yo progresara, que me hiciera una mujer de mundo. Mi padre no estaba muy de acuerdo, era celoso de mí y temía que me terminara quedando. En algo tenía razón: fui para estar seis meses y me terminé quedando doce más.

Los puentes de Praga
Más tarde mi madre se iría arrepentir (cuando las noticias no llegaban nunca). Ahora quiero recordar porque redacté una nota tan corta, tan graciosa y tan fría y no puedo recordarlo, lo único que sé es que ese informe meteorológico era preciso. Así era climáticamente la ciudad de Praga.
Ese día me senté en la cocina de mi madre a recordar ese viaje, como nunca antes lo había hecho. A causa de mi incomunicación, al regresar fui recibida por mis padres con una actitud muy severa. Se enteraron, en parte, de algunas cosas de ese viaje al escucharme conversar con otra gente, pero jamás preguntaron nada. Pero hoy mi madre tiene ganas de escuchar y yo de recordar.
Había llegado motivada por una maestría en artes combinadas. Y, también, altamente motivada por instalarme en el corazón de Europa, a menos de 500 kilómetros de los mares Báltico, del Norte y Adriático; dentro del mapa que ubica a la República Checa como miembro de Europa, Praga se desplaza al noroeste.
Un día de otoño – frío vale aclarar- llegué a la ciudad conmovida, con mi guía del estudiante. Mis padres habían hecho un gran esfuerzo para enviarme a estudiar aquí, por eso, también, la bronca posterior.
En mi maleta había cargado varios kilos de ilusión, dispersados entre libros y objetos personales. Mi colonia, mis sombreros y mis pañuelos eran los elementos que más arriba habían quedado – por una cuestión de uso y comodidad-.
Un tranvía local me había depositado en Malá Strana , el barrio que se convertiría en mi casa en los meses siguientes. Mi primera impresión fue la de un barrio pequeño, anexo al Barrio del Castillo y, fundamentalmente, multicultural.
Los primeros días allí, anteriormente a empezar a cursar en la universidad, me dediqué a recorrer los palacios, las iglesias, las plazas y los principales monumentos de la zona, y el puente más viejo de Praga, el que lleva por nombre Carlos y atraviesa el río Moldava.
Pasee por el Monasterio Strahov, el que se incendió y después fue transformado en un edificio barroco. También visité la iglesia de San Nicolás, situada en la Plaza Malá Strana.
Ese primer itinerario lo realicé sola, mirando atentamente mi guía turística para no perderme y poder regresar. Luego empezaría a relacionarme con mis compañeras y compañeros de residencia, y saldríamos todos a recorrer la maravillosa ciudad.
Vivo en una casa para estudiantes extranjeros, o sea que todos estamos en la misma, para bien. Bien porque solos nos acompañamos, nos conocemos y compartimos. Y es tanto lo compartido que ya somos un grupo de amigos vacacionando por Praga.

Vista nocturna de Praga
Vuelvo al presente y le explico a mi madre que ese fue uno de los motivos que propició la no conexión entre nosotras; estaba tan bien que no me daba cuenta de mi falta.
Con ellos recorrimos los Palacios Bretfeld, Thun-Hohenstein y el Palacio Morzin, ubicados en la calle Nerudova.
Allí nos sacamos muchas fotos que nunca mostré a mis padres. Allí me puse de novia con un chico mexicano y cabrón – dato que nunca conté hasta ahora-.
El regocijo admitía lugar para el estudio. Todos respetábamos nuestros horarios de cursada y nuestros tiempos para el repaso, pero siempre había algún programa dando vueltas.
Estábamos en Praga, tal vez por única vez en la vida, y debíamos extinguir las posibilidades. Todos nos quedamos más de lo pautado, algunos más y otros menos.
Un día nos agrupamos para visitar el postergado Museo Nacional de Praga – éramos todos artistas por eso tanta afición por los paseos culturales- y el Museo Judío de Praga.
Esta ciudad es uno de los centros culturales más importantes de Europa Central. Por eso es que muchas noches – de invierno, otoño, verano y primavera- nos acercábamos a los teatros de la ciudad: el Teatro Negro, el Teatro Nacional Praga y el Teatro Ballet Nacional.
Un día, en salida romántica, fuimos con mi novio mexicano al Castillo de Praga y nos juramos amor eterno en la Catedral de San Vito. Pero ese amor que, creíamos grandilocuente, duró lo que ese viaje juntos: un otoño, un invierno, una primavera y un verano.
El sol no abandonaba Praga pero si nuestro amor y ,cada uno – yo después de seis meses más-,debió dejar esa ciudad bella y partir hacia su casa.
Seguramente ese día en que nos dijimos adiós, yo escribí esa carta para mi madre, hablando del clima. Ahora creía recordar porque lo había hecho.
El tiempo de Praga estaba en mi cuerpo: a veces frío, a veces cálido, a veces raro.
Después de tanto tiempo mi madre pudo entender el sentido de aquella carta.
