El Jardín del Buen Retiro y una madrileña más. II parte.
Por María Clara Fuerte, el 1 de Mayo de 2008
El Retiro ha sido testigo de muchos fragmentos de mi vida madrileña.
El Palacio de Cristal , por ejemplo, me conoció con mis amigas. En bachiller nos encargaron hacer un trabajo acerca de Henry Moore , cuya exposición se ubicaba allí. A pesar de haber ido tantas veces al parque, ninguna de nosotras conocía la estructura y cuando la deslumbramos entre los árboles nos dejó atónitas. R e a l m e n t e e r a d e c r i s t a l . Parecía el Palacio de la Reina de las Hadas del Lago. Daba una cierta impresión entrar sin pedir permiso. El primer flash de las esculturas del artista nos sumió en una carcajada general, como casi cada cosa a esa edad. Pensamos que nuestra profesora se había vuelto tarumba (hay que tener en cuenta de que estamos hablando de la España postfascista, en la cual durante muchísimo tiempo no había entrado casi nada del extranjero, tanto menos obras de este tipo de artistas tan “originales”). ¿Cómo se podía hacer un trabajo de “eso”? Sin embargo, una vez iniciado el recorrido empezamos o, al menos, empecé a entender esas repetitivas redondeces. La oscuridad del bronce o la piedra en contraste con la claridad absoluta que entraba a 180% a través del vidrio comenzó a decirme esto o aquéllo, a suscitarme emociones. Empezé a coger apuntes y no paré hasta una hora después. Fue uno de mis mejores trabajos. Cuando nos alejamos de allí, quise volverme para retener en la memoria la cúpula de cristal y sus dos bóvedas laterales reflejadas en el lago y enmarcadas por el verde profundo de los viejos árboles y el claro azul del cielo madrileño. El autor de una de las últimas construcciones del Retiro (1887), este armonioso enjambre de hierro y cristal, fue Ricardo Velázquez Bosco, quien a inicios del siglo XX proyectaría su restauración. Tenía en su haber un curriculum decididamente importante como restaurador de edificios emblemáticos : la Mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada y la catedral de Burgos .
A él debemos también el comunmente
llamado Palacio de Velazquez , construído en el mismo Retiro poco antes que el de Cristal. En el momento de su creación fue el Palacio de la Minería y, por primera vez en España, se incluyó el uso de la cerámica en los muros de un edificio. Esta joya del Retiro fue construida (1883) usando también ladrillos de dos colores, hierro y cristal. Los grifos con cara de bestia feroz de la entrada han aceptado pacientemente foto tras foto.
Los chiringuitos han visto miles de turistas escrutando el mapa del Parque para no olvidarse de ver nada. Perderse es difícil, pues al madrileño de a pie le encanta dar indicaciones a los forasteros, incluso si se
descuidan un poco les acompañan al lugar donde desean ir charlando animadamente. En el Retiro el madrileño se encuentra agusto, pues le permite aislarse de las prisas de la ciudad sin preocuparse del tiempo que tendrá que pasar en carretera para alcanzar un lugar fresco y relajante.
Y el estanque grande ha visto como centenares y centenares de adolescentes a la salida del colegio alquilaban las barcas de remos y pasaban las tardes enteras a intentar mojarse mutuamente y al mismo tiempo no ser mojados, mientas sus brazos y abdominales se endurecían con el ejercicio y su cara se
curtía al sol.
El magnífico monumento a Alfonso XII, encargado por la reina regente María Cristina y cuyo proyecto realizó el arquitecto catalán José Grasés Riera, con su gran escalinata que desciende cuidadosa hasta besar el estanque, me ha visto leyendo pausadamente algún año más tarde y alzando la cabeza de vez en cuando para observar detenidamente la estatua del Benlliure.
El restaurante de los jardines de Cecilio Rodríguez me abrió sus puertas vestida de azafata mientras participaba a un Congreso de Parques y Jardines cuya última cena se celebró allí y me dió la ocasión de probar por primera vez la sopa de tortuga.
La casita del pescador ha vislumbrado mi silueta parada delante, silenciosa, observando ensimismada los nenúfares y con quien sabe qué ensueños en la cabeza.
La montaña artificial ha soportado impertérrita mis miradas de curiosidad hacia sus cavidades interiores mientras la circundaba paseando.
Los diversos recorridos para deportistas me han visto correr, pero poco. He usado más los gimnasios al aire libre que han ideado para la tercera edad o para quien como yo entonces tenía que hacer rehabilitación o facilitar la circulación sanguinea.
Las diversas estatuas nos han acompañado en fotos
más o menos graciosas, mientras que los pavos reales sueltos por los jardines de Cecilio Rodríguez no querían ni vernos.
Los parques infantiles me vieron jugar con mis hermanos y más tarde llevar a mis hijos con sus primos a hacer lo mismo y en su fuero interno habrán sonreido viéndonos volver a casa con los zapatos o las botas llenas de barro y la tez con ese ligero tonillo rosaceo que se coje al aire libre.
La Casa de Vacas me oyó leyendo en voz alta los libros de cuentos que en ella estaban al alcance de todos y observando las exposiciones más variadas.
Las 118 hectáreas de verde me han podido observar paseando con mi madre un poco por todas partes, pero sobre todo por el paseo de coches y el paseo del estanque con más o menos niños y adultos alrededor mientras ella contaba la historia del lugar y su lugar en la historia. Ventitres mil árboles son testigos de ello.
Pero el que ha visto y oído más es el único árbol del parque cuyas raices llevan allí desde que se inició la construcción del Jardín entre los años 1630 y 1640, cuando se decidió que estos terrenos serían un lugar fresco en las afueras de la ciudad para el recreo de la Corte. Ahuehuete, así se llama, entiende el español porque proviene de México y si no, lo habría ya aprendido, con todo el tiempo que ha tenido. El árbol con la mayúscula ha sobrevivido la invasión francesa que destruyó (1808) parcialmente la estructura y rasó al suelo a sus compañeros, ha oido los disparos de la Guerra de la Indipendencia (1808-1814 España contra las fuerzas napoleonicas), ha visto a Fernando VII (1814-1833) empezar a reconstruir y dar acceso al pueblo a una parte del jardín, como había hecho anteriormente, aunque en menor parte, Carlos III, un rey hoy o otro mañana, y después de la revolución de 1868, personas y costumbres distintas según va pasando el tiempo…Probablemente es el árbol más viejo de Madrid.
El sí que sabe.
(Fuente informaciones www.esmadrid.com/monograficos/retiro/es/monografico.html y es.wikipedia.org)
(Fotos: es.wikipedia.org)
Tags: Monumento a Alfonso XII, Palacio de Cristal, Palacio de Velazquez
