Conventos de Santiago de Compostela
Tenía pendiente este viaje, y para todos los que no creían que una persona con mi condición pudiese viajar, yo lo estaba haciendo. Me había tomado el tren en Bilbao. Lo había preferido así, porque siempre consideré que el ferrocarril era el medio más seguro. Aunque la televisión nos haya hecho creer que lo es el avión.

Convento en Santiago de Compostela
Por suerte no debo usar atuendo y de esa forma evito las miradas. Porque yo misma de chica miraba a las monjas pasar, y me preguntaba porqué habían elegido esa vocación, qué situación fea de la vida las había llevado a transitar ese camino. Hasta que terminé entendiendo – de acuerdo con mi experiencia- que no siempre debe pasar algo sucio o engorroso para que una mujer tome los hábitos. A veces las cosas bellas de la vida pueden conducir a esta determinación. Y ahí estaba yo, hija única, junto a mis padres visitando Santiago de Compostela, el lugar donde empezó todo. Al llegar, me alojé en uno de los hoteles en Santiago de Compostela.
Por eso es que quería regresar, para ver si aquello que recordaba como “maravilloso” era tan así. Yo había decidido convertirme en monja consagrada a los ocho años, luego de haber visitado los conventos de aquella ciudad. Amparada en ese viaje, y en esos sitios, había perseguido aquella idea, y había defendido mi decisión. Quería saber si no me había equivocado. Quería saber sí mis ocho años no habían engrandecido el asunto. Quería saber si no me había pasado lo mismo que me sucedió con aquel tobogán de plaza.
Basta con decirles que un día me tiré cientos de veces por un tobogán que yo creía inmenso, el más grande de todo el universo. Y cuando regresé, pasados muchos años, me encontré con un pequeñísimo juego de plaza que no coincidía con mi recuerdo. Los especialistas dirán que esto sucede siempre; el chico ve magnífico y grande su contexto más próximo, y el día que lo resurge, se da cuenta que aquel tamaño se corresponde con una escala normal.
Y yo, en realidad, iba subida al tren, en busca de aquella conclusión. Necesitaba saber si había actuado correctamente, sí ese impulso no había sido erróneo. Y para ello necesitaba regresar al sitio que me vio nacer como hermana. Yo había mirado aquella imagen, y supe que ese era mi camino, no sé porqué, pero lo supe.

Convento en Santiago de Compostela
Luego, me costaría saber qué tipo de monja quería ser. Y ahí empezó el descarte; no quería vivir rezando, comiendo y tomando, por lo que la clausura no sería mi modo de vida. Tampoco quería acumular dinero generando colegios – que se convierten en empresas-; yo quería estar en la calle, vivir en una casa y trabajar. Por eso es que soy una monja consagrada; vivo en comunidad, trabajo, me divierto y ayudo. Y también soy feliz. Y muchas veces me pregunté si había hecho lo correcto, y siempre volví a Santiago de Compostela, y logré salir de mi crisis. Por algo sería.
Todavía no me estaba acostumbrando a la diferencia horaria y ya el tren había llegado. Había reservado una habitación en la zona vieja de la ciudad; ese sitio iba más conmigo, la otra opción, escoger un cuarto en una cadena hotelera más moderna, no se acomodaba a mi estilo.
Antes de cumplimentar la visita a los conventos me había propuesto hacer el camino de Compostela. Entre las opciones había elegido el camino primitivo. Transitaría por Oviedo, Tineo, Grandas, Lugo y Palas de Reis. Creía que podía ser una excursión formidable. Yo siempre había tenido paz, pero pensaba que aquel trayecto me serviría para acumular más dosis de aquel estado.
La paz me acompañaba desde aquel momento en que pisé el Convento de Carmen junto a mi madre. Puedo decir que desde ese día ya nada volvió a perturbarme. No si en ese momento algún trance me estaría afectando, pero lo cierto es que yo decidí que en mi vida tendría paz. Sí, ocho años pude tomar esa determinación.
El camino me trajo grandes satisfacciones. Como tengo vocación de coordinadora – suelo hacer esa tarea durante los retiros –, terminé por transitar un buen tramo, haciendo las veces de guía de un buen grupo de jóvenes. Por eso es que elegí ser monja consagrada, porque me permite reírme y contactarme con la gente.
Días más tarde, me atrajo la idea de visitar los conventos de clausura, sólo para refrescar el motivo que me llevó a evadir ese camino. Y así fue. Recorrí el Convento de Mercedarias, de Dominicas y el Convento de Clarisa. Sólo los recintos públicos que se pueden recorrer. Y si bien me sentí a gusto y abrazada por el sitio, no creí que ese fuera a ser mi lugar. Me presenté ante una hermana y casi que ni habló. Entonces me fui… a la calle. Yo podía salir y viajar, y ella no. Tal vez por eso yo era más feliz que ella. Va, eso creo.

Convento en Santiago de Compostela
Y bueno, finalmente, como si fuera la frutilla del postre, visité las dependencias que marcaban el inicio de mi vida, de mi paz.
Faltaba una cuadra y yo ya estaba tranquila; a diferencia del tobogán, el Convento del Carmen lucía grande, como yo lo había recordado. Estaba refutando una teoría psicológica histórica y me hacía cargo.
Caminé despacio por la calle Santa Clara hasta desembocar en el Convento. Era discreto y austero, como también lo era yo. Su piel era de granito y estaba teñido de rubio. Era la casa de las carmelitas descalzas pero yo también sentía a ese lugar como mi casa. Subí las escaleras y me detuve. Pensé en que había llegado y sentí paz. Pensé que había hecho lo correcto, y agradecí haber estado allí, tiempo atrás. Tal vez si yo no hubiese ido a Santiago de Compostela mi vida me encontraría en otro lugar.
Tras entrar y pasar allí un largo tiempo, decidí cruzarme al Convento de Santa Clara; y me quedé mirando eternos minutos su fachada barroca. Esa iglesia parecía un teatro, y a mí que tanto me gustaba actuar, ese lugar me encantaba. Me encantaba ahora y me había encantado a los ocho años. Luego entré y me paseé todo el jardín hasta llegar a la pequeña iglesia.
Pero no me quería ir de allí sin visitar el Hospital de San Roque. Ese sitio estaba mancomunado con mi vocación samaritana; pensar en el otro antes de pensar en uno mismo. Había sido levantado a causa de las epidemias de peste del siglo XVI, y hoy seguía allí, transformado, pero allí. Traspasé un pasadizo y llegué hasta un parque. Yo ya había estado ahí y recién me daba cuenta. Estaba feliz, no me había equivocado. Este era el lugar donde todo había empezado, y donde todo iría a continuar.

Una experiencia fuertìsima, el artìculo tiene mucha garra. Todo lo que tiene que ver con Santiago me atrae irremediablemente. Una curiosidad. Se me hace difìcil pensar que no es algo vivido realmente por una monja y no entiendo porquè el post està firmado por un hombre.
María Clara:
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