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España de interior

Cañete, la segunda patria de mi hija

La concreción del amor en la Serranía de Cuenca
Juan Luis Pérez
18:00h Martes, 31 de marzo de 2009
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Desde mi punto de vista, mi hija tenía doble nacionalidad: una relacionada con el lugar en el que vivimos desde que nació, y otra, vinculada con el sitio en el que fue gestada.

La Serranía de Cuenca en imagen

La Serranía de Cuenca en imagen

A diferencia de otros padres, mi esposa y yo recordamos, con precisión, el día, hora y lugar en el que la concebimos. Cómo olvidar aquella luna estrellada, cómo no acordarnos de nuestro cuarto aniversario de casados, cómo no rememorar aquel paisaje de Cañete, que se proyectaba en el vidrio de la ventana.

Desde que decidimos casarnos, sabíamos que disfrutaríamos de nuestra pareja, antes de que empezaran a llegar nuestros hijos. Y así lo hicimos y reservamos un hotel en Cuenca.



Cuatro años viajando, conociendo, conociéndonos, enamorándonos, cada día más, hasta que decidimos darle vida a nuestra familia. Estábamos seguros de que el amor que sentíamos sería fortificado con la llegada de un hijo.

Las murallas de Cañete

Las murallas de Cañete

Por eso me acuerdo de las circunstancias exactas en las que mi hija empezó a vivir en el vientre de mi mujer; porque fue planeado y deseado.

Estábamos en Cuenca, más específicamente en la Serranía, en la localidad de Cañete. Habíamos viajado allí en plan de vacaciones porque, mientras que otros turistas utilizaban este lugar como sitio de paso para arribar a Madrid, a Valencia, a la misma Cuenca o Teruel, nosotros habíamos decidido hacer escala ahí, definitivamente.

Cañete es una población de menos de 900 habitantes y, es su patrimonio histórico, la clave para ganar el favor del turismo. Así nos pasó a nosotros, vimos una simple fotografía y, sin saber de que lugar del mundo hablábamos, dijimos “vamos para allá”.

Luego nos dirían que ese sitio estaba ubicado en la Serranía de Cuenca, rodeado de un paisaje de montañas de más de mil 800 metros; y que los profundos barrancos, visiblemente llamativos en la imagen del papel fotográfico, estaban tajados por el río Cabriel y sus afluentes.

A pesar de que la infraestructura de este pueblo resultaba algo escasa, nosotros estábamos muy contentos con la decisión tomada. Habíamos elegido ese sitio para concebir a nuestro hijo – que después resultó ser hija-, y convalidábamos esa decisión.

Un lugar austero para darle perdurabilidad a una relación de amor sencilla, emotiva, fuerte, y larga, como este pueblo.

Nuestro hospedaje estaba frente a la muralla, y allá cerca podíamos ver la alcazaba árabe, su castillo, los templos y la Plaza Mayor porticada. Un típico aspecto de ciudad medieval, con calles irregulares, callejones y adarves.

Y no sólo nos sentíamos abrazados por la fortaleza de sus murallas, sino también por el medio natural que las rodea.

Y en ese contexto, signado por la sencillez, dimos vida a nuestra hija. Por eso, cada noche en que me pide que le cuente esta historia de amor, también me encargo de contarle que Cañete es su segunda patria y que, algún día, volveremos los tres para que entienda porqué su historia empezó allí.

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