
Llegamos a Kyoto. A primera vista parece que hemos aterrizado en una ciudad del futuro o, mejor dicho, en una ciudad japonesa totalmente enceguecida por los brillos de Occidente. Por un momento parecen frustrarse nuestros planes de encontrar lo que hemos venido a buscar: la magia de la ciudad que vio florecer a la cultura japonesa.
Pero luego de 24 horas, Kyoto nos ha enseñado una lección: pretender conocer todos sus tesoros en un día, es un acto de pura ingenuidad. Kyoto posee más de 1.500 templos y alrededor de 200 santuarios sintoístas, sólo por nombrar sus prodigios arquitectónicos. Dejamos la ciudad llevando encendido en el corazón el deseo de volver, fascinados por su inagotable arcón de maravillas recogidas a lo largo de sus 1.000 años de historia.
En sus primeros años como capital de Japón (título que llevó desde el año 794 hasta el 1868) navegó en el lujo y la opulencia. Este período coincide con la etapa de mayor esplendor que jamás haya conocido el Japón dinástico. A diferencia de otras ciudades de Japón, Kyoto posee un trazado en cuadrícula inspirado en la arquitectura urbana china. Otra de las características que la distinguen de otras metrópolis de Japón es la capacidad que tuvo Kyoto para salvaguardar las huellas de su suntuoso pasado.
Desde nuestro diminuto hotel nos dirigimos hacia la zona de Higashi Yama-ku, en la sección este de la ciudad. Allí entraremos en contacto con nuestro primer templo, el maravilloso Sanjusangendo. A primera vista, parece un templo sobrio y de honda espiritualidad, pero sorprende su imponente longitud: 120 m. de largo. Se trata de la mayor estructura de madera presente en Japón. El predominio de la longitud sobre la anchura es destacado aún más por la fila de 34 columnas de color bermellón encendido. Los techos están realizados con cilindros paralelos que terminan en graciosas volutas, prodigio de la estética oriental.
Al ingresar, sobreviene la sorpresa: nos reciben 1.000 estatuas doradas cuyos destellos enceguecen la mirada y juegan con los contraluces de las primeras horas de la mañana. Estas estatuas representan “emanaciones” de la diosa Kannon, la diosa de las mil manos, cuya enigmática figura domina el centro del recinto. La profusión de estatuas invita a un juego de miradas y puntos de vista, como si se tratase de un gigante mandala o un diseño fractal realizado por computadora. Cada estatua posee cuarenta brazos y una aureola de la que salen rayos en punta. Estos rayos se confunden con los de las estatuas contiguas, creando una ilusión de red o tejido infinito.
Justo enfrente del templo se encuentra el Museo Nacional de Kyoto. Dada la impresionante cantidad de piezas que atesora el museo, es recomendable dedicar un día completo para su visita, es por eso que seguimos camino hacia el Templo Otowasan Kiyomizudera.
El guía local, en un perfecto inglés, nos sugiere dirigirnos a la pagoda que se encuentra frente al templo para apreciarlo en todo su esplendor. Efectivamente, desde allí se nos ofrece una espectacular panorámica de este templo cuyo nombre, “Templo del Agua Pura”, hace alusión a las Cascadas de Ottawa, que surgen colina abajo. Hacía allí nos dirigimos como en procesión, porque cuentan los lugareños que el manantial tiene poderes mágicos. En la cola para beber agua de la cascada, comprobamos la pasión de los japoneses por sus lugares sagrados e íconos que simbolizan su cultura. Hasta los más ancianos parecen jóvenes en una excursión escolar, sus caras se iluminan de alegría, se toman fotografías y señalan la belleza de los árboles, los monumentos, el cielo.
Descendiendo por la Bajada de Sannenzaka, es imposible resistirse al encanto del Salón de Té Kodaiji Rakusho. Tomamos el té con dulces de vibrantes colores contemplando el universo en miniatura que es su jardín. Es el preludio de un paseo que nos llevará por la belleza natural del Parque Maruyama, cuya delicadeza parece ser obra del más experto de los jardineros.
Emprendemos camino hacia Higashiyama-ku, un santuario heiano que es una reproducción del primero de los palacios imperiales de la ciudad de Kyoto. Coronado por una magnífica puerta Torii de color rojo, su mayor tesoro son los jardines, cuyos árboles en ocasión del otoño se han vestido de un rojo intenso que lo enciende todo.
Continuamos por una de las joyas del recorrido, el “Paseo de los Filósofos”, un camino iniciático entorno a un canal salpicado por cerezos y sauces, perfecta atmósfera para el cultivo del pensamiento y la introspección. En medio del bosque surge el Templo de Nanzenji, antigua residencia veraniega del emperador.
Quedan pocas horas y debemos decidir si visitar Ginkaku Ji, el Pabellón de Plata o Kinkaku Ji, el Pabellón de Oro. Leemos en nuestra guía que el Ginkaku Ji estaba destinado a poseer su estructura de madera totalmente recubierta en plata, emulando al Pabellón de Oro, pero Shogun Ashikaga Yoshimasa (encargado de la obra y nieto del constructor del Kinkaku Ji) murió antes de completarla. La historia nos resulta interesante y nos dirigimos a toda velocidad al Pabellón de Plata, para visitar este templo que nos parece un símbolo de la luz extinta del período Muromachi.
Al llegar, no podemos dejar de notar que el templo, totalmente construido en madera, resulta fascinante aún sin su revestimiento en el noble metal. Su simplicidad conmueve al alma y transforma a la armónica estructura un elemento más del paisaje circundante.
Volvemos al centro de Kyoto para despedir el día en las afueras del Palacio Imperial de Kyoto, residencia milenaria de la familia real. Se trata de un majestuoso castillo rodeado por un foso y maravillosos árboles. Nos fascina su esplendor, pero a esta altura del día, comenzamos a comprender que los jardines y la naturaleza que rodean a estos templos y magníficas construcciones no son meramente decorativos. Son poesía, metáforas del espíritu japonés.
Atardecía, pero seguíamos contemplando la lenta danza de hojas y viento de aquellos árboles del Palacio Imperial, cuya imagen nos invitó a reflexionar acerca del carácter transitorio de la vida y la eternidad de cada instante.
Fotos:
“Taxi Signs” de Manganite en Flickr
“Sanjusangendo, Hall of Thirty-Three Bays” en Temple.edu
“Gate Architecture of Kiyomizu-dera” de Sunshine en Flickr
“Ginkaku-Ji Autumn Color” de Takay en Flickr

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