Valencia, ciudad de luz y contrastes

Contrastes y cotidianeidad. Una estampa nada turística.
Qué duda cabe de que Valencia está de moda. Indudablemente son las Fallas una de las fiestas que más turistas atraen a la ciudad, una tradición de fuego y alcohol que provoca que lugareños y foráneos se echen a la calle de forma masiva. Sin embargo, Rita Barberá no se contenta con eso. Quiso lanzar a la ciudad a los anales del turismo español, por ello se construyó un museo en el cauce del rio Turia, allá donde antes habían huertos y cabañas de labradores. Hay que adaptarse al nuevo milenio, debió pensar. Así, una imponente estructura blanca llamada La Ciudad de las Artes y las Ciencias, obra de Santiago Calatrava y Félix Candela, es otro de los enclaves decisivos a la hora de atrer visitantes. Sin olvidar la sonada Copa de América, para la que tuvo lugar una remodelación completa del puerto, con infraestructuras específicas para las regatas de vela. Para acabar de rizar el rizo, el Circuito de Cheste Ricardo Tormo. La Fórmula 1, tan popular en estos momentos, es otro de los reclamos más llamativos.
Pues bien, ni ciudades, ni regatas, ni fallas ni circuitos. Yo siempre he pensado que lo más bello de Valencia es cuando no pasa nada. La cotidianeidad de una ciudad, a la vez accesible y en continuo movimiento, hacen que el día a día resulte lo más interesante. Cuando no hay eventos ni concentraciones se puede disfrutar de paseos entre arquitecturas modernistas y plazas solemnes. Entre barrios semi-derruídos e imponentes fincas burguesas. Una ciudad a medio camino entre lo libertino y lo conservador. Entre lo obrero y lo burgués. Entre lo clásico y lo moderno. Valencia nunca será una metrópolis (¡esperemos!) y su carácter reside en el maravilloso encanto de lo cotidiano.
Valencia son muchas ciudades en un mismo enclave. No en vano la mayoría de los barrios que forman parte de la ciudad, tal y como la conocemos hoy, fueron en su día pueblos que poco a poco se adherieron a la capital. En Benimaclet conviven estudiantes que vienen y van, inmigrantes y residentes de toda la vida. La Avenida Blasco Ibañez acoge a la universidad pública y te conduce hasta uno de esos barrios valencianos que parecen cerrados sobre sí mismos, con su propia idiosincrasia y sus propios defensores. Hablamos del barrio de El Cabanyal, lugar de patrimonio histórico indiscutible. Ruzafa es el barrio chino por excelencia y El Carmen, el enclave de la modernidad cultural valenciana… y del mejor y más divertido libertinaje nocturno.

La grandilocuencia convive con lo cotidiano
Aquí solo te hemos dejado unos cuantos ejemplos, todavía queda mucho por enumerar (Campanar, La Malvarrosa, Benimamet, El Saler…). Alguna de estas zonas luchan diariamente para salvaguardar su particular carácter y mantener su historia, a riesgo de ser engullidas por el gigante de la construcción, que tan presente se encuentra en la costa levantina. Otras ya han sido reformuladas en pro de un pragmatismo civil. Unas pocas, simplemente no interesan a nadie de la administración. Así es la Valencia que no gusta a las instituciones. Para mí, es lo mejor que tienen: tantos contrastes en tan poco espacio nunca te dejan indiferente.
Iglesia de Santa Catalina por heatheronhertravels en Flickr
Vista de la Catedral desde el barrio de El Carmen por heatheronhertravels en Flickr
