El “Código da Vinci” fue el puntapié inicial para un renovado interés por la obra del gran Leonardo da Vinci. También se trata de un tornado que desató un vendaval de opiniones en contra y a favor de su teoría. Tan fuertes fueron los aires de este debate, que un periodista español divide a los habitantes del mundo en “quienes han leído el libro y/o visto la película” y “quienes se niegan rotundamente a hacerlo”.
Todo tema que interese a las masas es susceptible de convertirse en producto turístico. Basta una simple búsqueda para encontrar itinerarios por las fabelas de Brasil, el “María Antonieta Tour“, la “Venecia de Casanova” y otros inventos que varían en calidad, creatividad y veracidad. El “Código da Vinci Tour” ya existe, pero no lo reseñaremos aquí. Nos sirve de contraste frente a los verdaderos itinerarios turísticos temáticos del arte.
Estas rutas son ofrecidas por las agencias de viaje a cuentagotas, pues su preparación exige un conocimiento y una dinámica diferentes a las atracciones de temporada, que se esfuman luego del furor de un betseller o un éxito de taquilla. ¿Pero puede un itinerario turístico aportarnos experiencias que enriquezcan nuestra percepción de la obra de un artista del pasado, como por ejemplo Leonardo da Vinci? Me atrevo a decir que sí. Y aquí comparto mi experiencia con la ciudad de Vinci.

Al llegar por primera vez a Florencia y superada la fiebre por conocer todas las obras maestras diseminadas por la ciudad, la palabra Vinci, ya no como apellido del artista sino como nombre de un lugar concreto, comenzó a rondar por mi cabeza.
Me daba pena estar tan cerca de Vinci y no visitarla, pero cada vez que preguntaba a los florentinos, me respondían: “En Vinci no hay nada, sólo la casa donde dicen que nació Leonardo, pero no saben si es cierto”. “Si quieres conocer a Leonardo”, afirmaban otras voces, “debes visitar el Louvre, la Galleria degli Uffizi y leer el Código da Vinci”, claro, otra vez el Código. En fin.
Finalmente, acepté una invitación de fin de semana a los alrededores de la ciudad. Y esta inmersión en la campiña toscana se develó como un verdadero “código” para interpretar a la Florencia urbana y al genial Leonardo.
Y es que, en los últimos años, Florencia se ha convertido en una ciudad por demás turística. Una ciudad de museos y de iglesias a las que se accede con tickets costosos. Una ciudad de tiendas de marca y mansiones de la alta sociedad cada vez más cerradas en sí mismas y modernas casas de clase media cada día más atiborradas de objetos de consumo. ¿Dónde está esa magia toscana que recorría sus calles hace diez años? La he vuelto a percibir en los alrededores campesinos de la ciudad.
Alojada en una de las colinas que abrazan Florencia, en un caserón antiguo visitado por cientos de cabras, todas las noches compartía con mis anfitriones deliciosas cenas al aire libre difíciles de olvidar. Bajo la estrellas, frente al sugestivo bosque donde se encendían los ojos de las cabras y acompañados siempre de buen vino y colosales pastas, los dueños de casa abrían el arcón de sus recuerdos ancestrales de donde salían cientos de leyendas, historias y cuentos toscanos de todas las épocas.

La naturaleza, sus misterios y sus dones son pilares de la cultura toscana y, por qué no, de toda Italia. El italiano buscará siempre el tibio refugio maternal de la naturaleza, la intimidad del huerto, la fascinación que provocan los bosques o la montaña. Los buscará para sentirse vivo. Era la primera de las piezas del rompecabezas de la personalidad de Leonardo da Vinci.
No el Leonardo de las bulliciosas ciudades del Renacimiento, rodeado de príncipes y encargos reales. Sino un italiano de pura cepa con una infancia de campo sencilla y humilde en el manto de aromas y colores de la campiña toscana. Amante de la naturaleza y el buen comer, curioso, fascinado por los secretos del bosque, el hombre y el cielo.
Motivada por esta nueva visión del artista, era el momento justo para ir a Vinci. Cuando aparecieron una a una las letras sobre la ventanilla del tren, tuve una sensación a mitad de camino entre la euforia y la tristeza, como quizás ocurre a muchos viajeros cuando llegan a las Pirámides de Egipto o a la Muralla China. El embrujo se ha esfumado, pertenecen a la realidad. Y ahí estaba Vinci, un pueblo sereno y correcto. Sin embargo, al llegar a la Strada Verde todo cambió.
Para llegar a la casa natal de Leonardo hay que emprender la Strada Verde, ubicada en la localidad de Anchiano. Son tres kilómetros de caminata que recomiendo fervientemente hacer, ya que se comprende la posición de la casa en medio de una maravillosa vegetación enmarcada por verdes colinas onduladas, ícono del paisaje de la Toscana.
Y por ese camino algo que es repetido hasta el hartazgo por los estudiosos de la obra de Leonardo se hizo palpable frente a mis ojos: el peso, la presencia corpórea del aire sobre el paisaje y sus elementos.
En la casa de Leonardo, humilde y campesina, nos recibe un hombre al que parece le complacen las preguntas. Entonces lanzamos el primer de una serie de interrogantes que llenarán la tarde y nos permitirán conocer intimidades de la vida del artista y todos los colores de ese paisaje que, según parece, poco ha cambiado desde cuando Leonardo era niño.
En esa casa, el pequeño Leonardo ya muestra dotes especiales para el arte, por lo que su padre lo lleva a Florencia al taller del maestro Verrocchio. En Florencia está haciendo ebullición el Renacimiento y Leonardo bebe a raudales el avasallante espíritu de la ciudad. Pero algo lo lleva a trasladarse a Milán.
Este viaje de Florencia a Milán es trascendente para comprender a Leonardo. En Florencia se encuentra con las ideas del neoplatonismo, corriente que define a las cosas como copias, reflejos de ideas eternas y perfectas que habitan en el Topos Urano. Si las cosas son bellas, lo son sólo porque copian de algún modo a la Suprema Belleza, una idea universal e inmutable.
En oposición, Leonardo amaba la realidad, estaba fascinado por el color, la luz, su forma, el funcionamiento interno de los seres. Para el genial artista, algo es bello por su constitución interna, por las leyes naturales que lo rigen que tan incansablemente buscaba.
El neoplatonismo sostenía un concepto del alma como apriosanada en el cuerpo. Las pinturas de Leonardo, sin embargo, nos transmiten una concepción diametralmente opuesta: en cada una de las partes del cuerpo está el alma y entre ellos no hay separación. Y ya que la pintura se funda en la vista, al pintar un rostro se puede develar el alma de una persona, reproducir la naturaleza humana en toda su dimensión (material e inmaterial) mediante la observación de sus características sensibles.
La revolución que provocó Leonardo en la historia de la pintura sólo puede comprenderse a la luz de estas fuerzas en pugna y del entorno natural y cultural que participó en la gestación de la mentalidad del genial artista. Está documentado que Leonardo volvió a los paisajes de su infancia en Vinci para captar y dibujar su magia.
¿Habría seguido el mismo camino Leonardo si hubiera nacido en una gran ciudad? No lo sabemos. Pero sí podemos afirmar que transitando la Strada Verde resulta casi imposible no entregarse a la admiración de una naturaleza salvaje y poética a la vez, misteriosa y acogedora.
Cuando Vinci se cubre de luna y las sombras apagan la luz multicolor de las colinas, siento que otra cosa más se ha extinguido: mi imagen de Florencia como la ciudad de Leonardo. En estas colinas siento que está su espíritu y el de su obra.
La Ruta de Leonardo: Vinci – Florencia – Milán – Amboise
Vinci es el primer tramo de un recorrido que los amantes de la obra y la vida de Leonardo pueden transitar de manera personal hacia Florencia, Milán y Amboise, en Francia, donde se encuentra su última morada. En los alrededores de Vinci se pueden apreciar los primeros paisajes que dibujó Leonardo y contempló con agudeza de científico y lirismo de artista.
En Vinci y alrededores:
Casa Natal, en Anchiano
Pila bautismal, en la Chiesa di Santa Croce, en Vinci
Morada de su madre, en San Pantaleo
Mulino della Doccia, Camino Verde (dibujado por Leonardo)
Paisajes de Montalbano
Museo Ideale Leonardo da Vinci
Imágenes:
“Toscana” (Detalle) de Gonzalez2010 en Flickr
“Allgemein Landscape by Vínci” de Juergen Kurlvink en Flickr
“Star of Bethlehem” de Wikimedia Commons
“Study of a Tuscan Landscape” de Wikimedia Commons
“The Lady of the Dishevelled Hair” de OwnFineArt


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