Cansada de trabajar, aburrida de estar, deseosa de viajar. Así estaba yo cuando, previo aviso de una gripe severa, tomé la decisión de tomarme unas vacaciones. Sí era acompañada, mejor, y sí era sola, me daba igual.

Las playas de Natal
No es que, en todo este tiempo, no hubiese deseado salir de viaje, pero en mi empresa no existe el tiempo libre. Los veranos son los tiempos de mayor trabajo y los días libres se van acumulando, sin encontrar lugar para ser.
Pero esta vez estaba decidida. No necesitaba un doctor para entender que estaba pronto a enfermarme con delicadez y, la verdad es que no tenía interés de descansar acostada en una cama.
Entonces, me presenté en la oficina de mi jefe, y le comuniqué que me iría a tomar vacaciones. Me miró, como si aquello que yo le estaba comunicando no fuera un derecho legítimo, una correspondencia.
“Una semana”, me dijo. Salí de ese despacho llorando impotencia, dispersando bronca; ahí mismo tuve la certeza de que estaba siendo explotada y que, tras mi corta semana de vacaciones, debía buscar otro trabajo.

Puente Newton Navarro, Natal
Tenía acumulados cincuenta días de vacaciones y sólo me podía tomar siete; de no creer.
En mi país era invierno y, para frío, tenía las calles de mi vecindario. No sabía a donde iría a descansar, sólo tenía la certeza de que necesitaba calor y precisaba no trabajar.
Por eso siempre tuve en mente hospedarme en un hotel y no en un apartamento.
Una noche, mientras navegaba por Internet en busca del destino ideal, se conectó una compañera de trabajo. Estaba en la misma situación que yo, por lo que, al rato, acordamos viajar juntas.
A la semana estábamos abonando un viaje a Natal por una semana. Ambas habíamos coincidido en que esa sería la plaza ideal para concretar el tan anhelado descanso, para desenchufarnos.
Allí nuestros teléfonos no tendrían señal, no habría computadoras y la tarifa del llamado costaría muy cara. La incomunicación era otra de las virtudes de ese destino paradisíaco. Aparte, Natal es conocida como la Ciudad del Sol, justo para mí que estaba deseando saciarme de calor.
También la llaman la Ciudad de las Reyes y creo que se la podría llamar de mil modos más, pues, es tanto su esplendor, que se gastan los elogios.
Es la capital del estado de Río Grande del Norte de Brasil. Allí, en el norte, se asientan las mejores playas brasileñas.
Maravillosa agua verde, maravillosa arena blanca. Un despertar a las seis de la mañana – cuando el calor empieza a sofocar- y una luna que empieza a asomar a las siete de la tarde.
Estábamos en un hotel All Inclusive, por lo que no necesitamos salir de allí para nada. Era tanta la necesidad de descanso que, entre esa playa – de dunas y arrecifes- y ese hotel, transcurrió nuestra semana.

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