Un vagamundos en las Islas Canarias
Mi cabeza repetía incansablemente: “La Palma”, “Tenerife”, “Lanzarote”, “El Hierro”, “Fuerteventura”,“La Gomera”, “Gran Canaria” ,¿cómo elegir un destino entre todos? ¿Cómo imaginar cuál sería mejor que otro para vacacionar? Si todos eran mágicos, estelares, exquisitos, peculiares.

Las playas de Tenerife, Islas Canarias
Hice un ta-te-ti y salió uno, pero no me convenció; no el lugar sino el modo de elección. Hice un “piedra, papel o tijera” enfrentando a dos de estos sitios y tampoco. No sabía cómo definir esta riña tan peleada que aún no me permitía definir las reservas de hoteles en Canarias. Y, en vez de estar disfrutando la posibilidad de viajar, sentía un profundo dolor de cabeza.
Hasta que un día me levanté y dije “o todos o ninguno”. Y fue todos. Me embarqué en una aventura costosa pero soñada. Para palear gastos desmesurados planeé un viaje cuasi bohemio que me permitiría darle durabilidad a mi dinero.
Los meses anteriores a partir los dediqué a hacer relaciones cibernéticas con los canarios conectados; para recibir consejos, para que me pasen fotos de los sitios más preciados y para que me ofrezcan hospedaje.

Una postal de Fuerteventura
Soy algo vagamundos que no es lo mismo que ser interesado. Además de ahorrarme bastante plata hospedándome en alguna casa lugareña, también me atraía la idea de compartir la vida ciudadana, mucho mejor que habitar un hotel de turno.
Al pisar suelo canario, un clima suave abrazó mi piel, supe de inmediato que ese lugar iba a ser parte de mi vida durante mucho tiempo, y así me integré.
Lo primero que hice fue dejar mi equipaje sobre la arena blanca, pura y fina y sumergirme en el atrapante mar cristalino; mi vida estaba cambiando.
Y allí empezó mi city tour. En un cartón amarillo llevaba escritas las direcciones de todos mis amigos de chat. A las tres horas de haber ingresado a este mundo paradisíaco, ya estaba en la casa de un buen muchacho.
Y al otro día en la de otro, y días más tarde me convertí en el mimado de una barra de amigos de “El Hierro”, que se comprometieron a recorrer conmigo el resto de las islas.
Por la tarde me acompañaban, algo reacios, a las playas. Ellos estaban algo cansados de reposar en doradas arenas y bañarse en aguas verdes; en realidad me querían convidar, todo el tiempo, vida nocturna. Y yo aceptaba la ofrenda.
Yo trataba de mechar las salidas con tardes de buceo y mañanas de sol, pero a la noche los programas llegaban a mis manos y no me podía resistir; si hasta me enamoré de noche; de no creer.
De las islas me quedaron amigos inolvidables que visito todos los años, una esposa increíble que dejó su tierra maravillosa para venir conmigo, y una noche de luna llena, difícilmente reproducible, fuera del esplendor del paisaje canario. Experiencia de un bohemio, he dicho.
