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Islas Canarias

Turismo de salud en Fuerteventura

La tierra y sus frutos, la mejor de las terapias
Juan Luis Pérez
08:00h Lunes, 02 de marzo de 2009
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Y cómo me iba a relajar en esos centros colmados de gente?. Sólo inciensos, un poco de música y gente esperando su turno. Había probado en varios sitios y nada como estar acá. Imagínense que, para finalmente relajarme, tuve que viajar a Fuerteventura en las Islas Canarias.

Vista de las playas de Fuerteventura

Vista de las playas de Fuerteventura

Ustedes me acusarán de viva y dirán “¿quien no se relajaría en un sitio como ese?”, pero yo realmente lo necesitaba, sufría una contractura lumbar que me mantenía, casi postrada, en una cama desde hacia meses; hasta que llegué acá y recobré mi salud.

Fuerteventura es una isla transparente, llena de luz, llena de paz. Mi ingreso en este paraíso fue introductorio de lo que después vendría. Pisé ese suelo y el dolor de mi espalda, al unísono, empezó a cesar.

Sentada en una camilla mullida, a merced del aire tibio de la intemperie, contemplaba las llanuras, las playas, el agua cristalina, la soledad, la arena blanca y la virginidad de un territorio que estaba esperando desde siempre.

Caleta de Fuste, Fuerteventura

Caleta de Fuste, Fuerteventura

Ahora entendía el porqué de mi imposibilidad de relajarme en sitios atestados de gente. Aquí sólo se oía el silencio, un silencio matizado por el golpe del agua, las aves perdidas en el cielo y mi propio yo.

Dicen los que saben que el clima y el ambiente de este lugar son propicios para las sesiones de spa y talasoterapia. Como ya hacía tiempo que venía probando, sin resultados, con la primera de las terapias, decidí incurrir en la segunda, toda una novedad irresistible para mí.

Antes de viajar había consultado con mi traumatólogo sobre la efectividad de estos tratamientos. Su contestación, un poco descreída, había sido: “Si usted cree que la va a hacer bien, vaya nomás”. Y bueno, yo le hice caso y vine, nomás.

La recomendación de un conocido me había hecho llegar hasta un Centro de Salud, ubicado en el Parque Holandés. Aquí se ofrecían rutinas de spa, sauna, ducha a vapor, piscina, talasoterapia y salas de relajación. Yo me anoté – es una forma de decir- en la sesión de masaje terapéutico y luego en talasoterapia.

Por recomendación de la gente del lugar, comencé con la primera de las terapias. Me acosté en una camilla, boca abajo, y empecé a percibir olores, sensaciones; una horda de sentidos que me hacían sentir bien.

No quise preguntar qué elementos estaban paseando mi cuerpo, hasta que una voz cálida empezó a contarme. “Algas de esta isla, un barro negro y puro, agua de mar depurada y esterilizada, miel y chocolate negro”.

Comprendí que los sabores de mi cuerpo recreaban una combinación exitosa para mi espalda que, poco a poco, volvía a erigirse y se metamorfoseaba con la paz del lugar.

Comentarios (1)

  • Loana
    13:58 9 09UTC abril 09UTC 2009

    Dios m

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