A través de los dibujos que hacía mi hijo, yo trataba de entender su universo. Pero era tan insegura, que temía comprender mal, o interpretar sus trazos apresuradamente. Sin embargo, algo se repetía, incansablemente, en los paisajes que recreaba: la playa.

Centro comericial del municipio
Aún cuando nunca había pisado una (por culpa de mis temores de madre sobre protectora), él se las arreglaba para asentar sus principales elementos compositivos: arenas, palmeras, aguas y bañistas, como si acaso recordara cuando siendo tan solo un bebé, pasamos algunas noches en dos hoteles en Roquetas de Mar.
Por otra parte, había otro dibujo, que perfilaba en oscuro, como si fuera la noche, en el que había sólo reposeras vacías.
Un día su médico me dijo: “Señora, ¿qué tanto? Si quiere playa, déle playa”. Tan sencillo era para ellos y tan complejo era para mí. ¿Y sino es la playa lo que quiere? ¿Y sino le gusta? ¿Qué hago yo sola y tan lejos?

Anochecer en las playas de Roquetas de Mar
“Siempre te las arreglaste sola con él”, se encargó de recordarme mi hermana; y tenía razón, no perdía nada, tal vez ahí, mi hijo encontraría el destino de esa mirada, perdida hace muchos años.
Elegí llevarlo a Roquetas de Mar, un destino que elegí a primera vista; fue mirar esa serie de fotos y encontrar cierto parecido con los dibujos de mi hijo, con esas playas que tanto lo inspiraban.
Roquetas del Mar quedaba en Almería y su infraestructura turística me dejaba bien tranquila; en caso de algún problema tendría el respaldo de un sitio bien equipado.
Muchos turistas caminando por las calles, de aquel lugar, inquietaron, un poco, la paciencia de mi hijo. Sin embargo, tras unas cuadras, específicamente cuando estábamos a punto de bajar a la playa, él se empezó a calmar.
Su mirada denotaba paz y hasta parecía sonreír. A él le hubiese gustado decirme algo, yo lo sabía, pero, aunque no podía esbozar ninguna palabra, me lo decía igual.
Estábamos en Playa Serena, un sitio magnífico para una estadía de sol. Agarré la mano de mi hijo y lo llevé camino al mar. Se remojó sus pies y sentó en la arena. Sus ojos no alacanzaban a mirar todo lo que hubiese deseado ver.
Allí, en esa playa, la mañana se hizo tarde y la tarde noche y nosotros seguíamos mirando; yo lo miraba a él, y él miraba a su alrededor.
Con su dedo señalaba algo que yo me detuve a ver; era la noche, eran las reposeras vacías y era él que, sin hablar, y a través de sus dibujos, me había llevado a Roquetas de Mar.

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