Me costó entender que, dentro del perímetro más céntrico de Buenos Aires, no hubiera opciones de turismo rural. Yo era un ser muy caprichoso, un ser al que le gustaba ir en contra de la corriente.

El camino arbolado de Pipinas
Parecería ser que en esta provincia, capital de la Argentina, uno debía alejarse, poco o mucho, para poder respirar un aire un poco más puro, menos sesgado por el ritmo incesante de gente y transporte, como aquél avión que me depositó en aquél país y que fue de las mejores ofertas de vuelos baratos que he conseguido.
Y muchos fueron los ofrecimientos que me hicieron en esa agencia, ubicada en el corazón de la ciudad, pero yo me decidí por aquella que no me habían ofrecido.
Mientras desfilaban las cientos de palabras, que esa chica me ofrecía por segundo, mis ojos se habían clavado en un módico folleto que anunciaba “Pipinas”.
No sabía de que se trataba, pero me atraía la sencillez de su presentación, y me atraía, también, que la muchacha no lo hubiese tenido en cuenta para mí.

La estación de tren abandonada
“Ahí quiero ir”, le dije. “No sé dónde es, ni que hay, pero quiero ir ahí”, insistí. La chica me miró sorprendida, creo que jamás hubiese esperado una respuesta así de un hombre como yo, glamoroso e inconformista.
Pero así yo obraba en la vida: por impulso. La chica me dio un speach del lugar, al que mucho no le presté atención; creo que quiso advertirme que se trataba de un pueblo, un tanto inhóspito, donde no tendría demasiado que hacer. “Fabuloso”, pensé yo (recuerden que soy contrera por definición).
Una combi pasó a buscarme por el hotel, y chofer y yo partimos solos hacia Pipinas, localidad de Punta Indio, a sólo 107 kilómetros de la ciudad de La Plata, capital de la provincia.
El hombre tomó mate durante todo el viaje, parando innumerable cantidad de veces para cambiar la yerba del recipiente. Me atreví a tomar un poco de ese brebaje y me resultó un tanto amargo.
Al llegar al hotel, y luego de transitar por un camino arbolado que abrazaba su cima, me sentí en casa. Una módica y cómoda habitación, una ducha de agua caliente y un desayuno casero me esperaban con ansias.
Es cierto, no había demasiado qué hacer, pero también era cierto que el aire que allí se respiraba podía ocuparme todo el día; sólo bastaba con inundar mis pulmones de esa dosis, para sentirme bien.
Este pueblo, maltrecho por la pérdida de un ferrocarril que lo comunicaba, y de una fábrica que le daba dignidad a toda la población, trabaja, dedicadamente, en este proyecto de turismo rural.
Tuve la oportunidad de conocer su estación de tren abandonada, y de sentir un gran ostracismo, al mirar los trozos de esa fábrica cementera que todavía testimonia las jornadas de trabajo.
Pude conocer el pueblo que yo quería conocer, pude conocer un mundo que camina a otro ritmo, gente que resiste, y todo sin alejarme tanto de la ciudad.

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