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Francia

París, romántica y sensible

El secreto mejor guardado de mi padre
Daniela Escribano
08:00h Viernes, 25 de septiembre de 2009
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Mi papá, según creía yo, no era un tipo sensible. Era más bien recto, riguroso y frío, le gustaba tomar vuelos hacia destinos nuevos donde el arte llamara. Le gustaba el arte, la música y todo lo referido a la cultura; sin embargo, a pesar de ello, sensible no era.

El metro de París

El metro de París

Y mucho menos romántico; eso sí que no. Románticos son los tipos que expresan sus sentimientos, que besan y abrazan y él nada que ver.

En muchas ocasiones, debo decir, yo me encontré sufriendo esta falta de cualidades, pero luego comprendí que era necesario hurgar en la sensibilidad y el romanticismo de cada ser humano y que siempre encontraríamos algo.

Lo descubrí cuando mi amiga Rosa me contó que, recién cuando su padre cumplió setenta años, se enteró que era un fanático acérrimo de Fred Aster; ese había sido su secreto mejor guardado, aquel que nunca nadie supo ni imaginó.


Desde ese momento empecé a pensar yo en el secreto de mi padre; ¿lo tendría? Me preguntaba. Luego de muchas charlas Rosa me convenció de que sí y de que descubrirlo era muy fácil, tanto que ella solamente había tenido que preguntarle.

Avenida de los Campos Eliseos, París

Avenida de los Campos Eliseos, París

Ella sólo le había consultado sobre algo que a él mucho le gustaba y nunca se lo había dicho a nadie; tal vez por vergüenza, tal vez por recelo, no sé.

Entonces, esperé hasta el cumpleaños de mi padre – al mes siguiente cumplía 65 años- para intentar hurgar en su sensibilidad y romanticismo con la fórmula de Rosa.

Y llegó el día. Tras haber soplado las velitas, mi padre se apartó de la reunión para prenderse un cigarrillo. Me acerqué a él y le pregunté su secreto, algo que deseaba y nunca antes había dicho.

Me miró sorprendido, pero luego cambió su actitud y con mucha decisión me dijo: “Yo siempre soñé con viajar a París”.

Toda la descripción que yo había hecho de mi padre, durante toda la vida, se desvanecía en ese momento; una persona que soñaba con conocer París era sensible y romántica, indefectiblemente.

Al otro día saqué los pasajes y a los pocos días estábamos arribando a la capital de Francia. Mi padre seguía siendo un testarudo bravo pero anhelaba París.

En ese viaje en avión me contó que siempre había soñado con leer un diario en un café parisino, que siempre había imaginado la Torre Eiffel de noche y que siempre había anhelado caminar por los Campos Eliseos conmigo.

Guardé mis lágrimas en el bolsillo e inmediatamente supe que apenas llegáramos a París, yo iría a caminar con mi padre por aquel campo de verde frondoso.

Y así lo hicimos. Esa fue la primera vez que lo vi llorar. Me preguntaba sí lloraba por el sueño concretado, me preguntaba si estaba emocionado por mi compañía, y me interesaba saber porqué había guardado este secreto con tantas llaves.

Sin embargo no le pregunté nada y me dispuse a disfrutar de esa postal más que romántica, más que sensible.

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