“Venido a menos”, esa era la frase que todos los periódicos utilizaban para describir mi condición de escritor alejado de la profesión que dejó pasar su época dorada sin aceptar el traslado capitalino, cogiendo uno de los vuelos a Madrid.

Navarra, una comunidad encantada
El problema era que yo no era ningún venido a menos; sólo había abandonado la profesión, provisoriamente, durante diez años, por gusto y elección propia.
Es que yo había triunfado, escribiendo las historias que a mi me gustaba contar, tomándome los tiempos necesarios para darle la mejor forma a mis relatos y vendiendo una buena cantidad de libros.
Pero un día, a los responsables de la editorial se les ocurrió pedirme que cambiara el rumbo de mi escritura y que lo hiciera en los tiempos que ellos establecían.
Y ahí abandoné. Yo no era un escritor por encargo, a mi me inspiraban ciertas historias y no podía transformar mi contenido, así porque sí, entonces dije chau.

Una postal de la Comunidad de Navarra
Diez años estuve haciendo valer los ahorros, cosechados en mis años de trabajo, hasta que un día y, a pesar de la ración, dijeron basta.
Entonces, pese a mi orgullo, debí, nuevamente, tomar el teléfono y pedir una nueva oportunidad. Ellos me dijeron que sí, pero me pusieron sus condicionantes.
Me dijeron qué historia debía contar y me ofrecieron, como parte de pago, un pasaje a cualquier parte del mundo, para que yo pudiera hallar mi inspiración.
En ese momento pensé que, aún cuando viajara a cualquier parte, no iría a encontrar la forma de escribir “una historia de amor, coartada por la existencia de dos familias enfrentadas”.
Eran tan poco ingeniosos que me pedían que hiciera una versión contemporánea de “Romeo y Julieta”. Elegí viajar a Navarra, no sabía si me iría a inspirar, pero tenía claro que esa era la tierra de mi padre y que eso me daría las fuerzas que no tenía.
Y así llegué al norte de la Península Ibérica, con el mandato literario copando mis ojos, mi cuerpo y mis nervios.
De la estadía también se hacía cargo la editorial; me sorprendía tanta amabilidad, pero aceptaba gustoso, crease que durante la década de desocupación, no había podido ni salir de mi casa.
Se la conoce oficialmente como Comunidad Foral de Navarra y limita con Francia, con Aragón, con la Rioja y con el País Vasco.
Mi padre había sido muy feliz en esta comunidad, colmada de diversidad, y creo que ese dato empezó a cargar mis capacidades creativas.
Nada era peor que mi casa oscura, pensaba yo. Pero en Navarra, todo era de lo mejor. Escribía, mientras escuchaba el sonido del hayedo en la Selva de Irati y sentía el abrazo de los Pirineos; y mirar hacia las Baldenas Reales era mi mejor pasaje del día.
Sentía que mi padre, con el calor de su tierra, me estaba ayudando a escribir mi mejor historia.

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