Finalmente nos separamos y, aunque estoy un poco triste, me reconforta saber que ambos hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para salvar la pareja.

Casas blancas, símbolo arquitectónico de Mojácar
La convivencia nos mató, nos debilitó, opacó la belleza de un largo noviazgo en donde todo había sido color de rosas y cuyo álbum fotográfico estaba plagado de risas, viajes y momentos felices cada vez que cogíamos vuelos a Málaga, nuestro destino predilecto.
Pero bueno, ya está. Sucede que, bajo un mismo techo, aquellas cosas que, en casas separadas, formaban parte del universo individual empiezan a compartirse.
Yo era vegetariana y él no lo era y, tal vez, estando de novios, a él no le molestaba el olor que emanaba mi comida pero, viviendo en la misma cosa, él decía no tolerarlo.
Y a mi también me sofocaba el olor del churrasco en la plancha, sin embargo se lo cocinaba y no le decía nada.

Las playas de Mojácar
Cuestiones como éstas fueron debilitando el inmenso amor que nos teníamos. Y, un día él se fue de la casa. No obstante, a la semana retomamos el diálogo, un diálogo en el que congeniábamos de mil maravillas, en el que parecía que nos volvíamos a querer como antes.
En una de esas conversaciones, él me comunicó que debía viajar e instalarse, por el término de un año, en Mojácar, un municipio español perteneciente a la provincia de Almería, en Andalucía.
Me invitó, me pidió que lo acompañe y yo me negué, no estaba convencida. Y fueron cinco meses de hablar más de diez veces por día, extrañándonos, susurrándonos enormes palabras de afecto, jurándonos amor eterno.
Claro que, en esas conversaciones, él no sentía el aroma de mis verduras al vapor ni yo el vaho de su carne asada.
Para colmo él se encargaba de enviarme las mejores fotos de ese sitio de la costa almeriense, para que yo sintiera cada vez más ganas de correr a sus brazos.
Y así lo hice el día que me decidí. Viajé hasta su morada blanca – tal cual el color de las viviendas de Mojácar-, con la intención de sumergirme en ese rincón que atestigua la época mora, y con el objetivo de recomponer esa relación.
Los primeros tres días fueron fantásticos, un recocijo de amor. En esas jornadas recorrimos el casco antiguo, el castillo Mojácar, la Puerta de la Ciudad y realizamos nuestra primera incursión costera.
En una de esas playas vírgenes, en la Playa de las Granatillas específicamente, me entregó un anillo y juró amarme para siempre. Yo también lo hice, y una ráfaga de pasión nos envolvió en un abrazo.
Pero quien sabe que pasó, tres días más tarde, yo estaba regresando, en soledad, nuevamente a mi hogar. No había funcionado, no habíamos podido, lo habíamos intentado.
Y aunque me pone triste, jamás he de olvidar aquella tarde, aquella playa; jamás olvidaré Mojácar y ese último intento de amar.

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3 Comentarios en “Mojácar y ese último intento de amar”
Preciosa historia, añadiré mojacar a mis próximos destinos.
Javi:
Tal como le sucedió a la persona del relato, un lugar encantador dond eencontrarse con los sentimientos más profundos. Un sitio bellísimo, no te lo pierdas.
Bueno, lo mejor de todo es que te has quedado con lo mejor de tu historia!!me voy a mojácar mñn… 4 días…espero que sean los mejores del verano.