A partir de ese viaje experimental en vuelos baratos a la Isla de Providencia empecé a tener un sueño, y eso era un logro para mí.

Paisaje esplendoroso de la Isla de Providencia
Yo siempre había sido un soñador múltiple, al que le rondaban conceptos universales como “un mundo mejor” “paz y no violencia” y “amigos y no enemigos”, pero nunca había podido definir un anhelo personal.
Y, aunque algunos les parecía un sueño de muy poco alcance, a mi me contentaba el hecho de ponerle tanta energía a un proyecto individual.
Desde que había estado, durante tres meses, disfrutando del paraíso ofrecido por esa isla colombiana – colombiana sólo en los papeles pero no en las formas- no dejaba de soñar con ponerme un chiringuito en la playa.
Para los que no saben, se llama “chiringuito” a esos barcitos caribeños que expenden bebidas y comidas playeras.

Chiringuitos en las playas de la Isla
Mi sueño no tenía que ver con el chiringuito, sino con haber encontrado mi lugar en el mundo en la Providencia, una isla del Mar Caribe que pertenece al Archipiélago de San Andrés y Providencia, territorio colombiano.
Yo siempre fui un asistemático, en busca de su lugar, esperanzado de creer que todavía existían sitios no manchados ni por el capitalismo, ni por las corporaciones, ni por el asistencialismo, ni por la corrupción.
Y todos me trataban de inocente. Y así salí de viaje por el mundo, en busca de ese sitio en el cual quería estar, vivir, cantar con mi guitarra, al ritmo del reggae, y pescar mi propia cena.
Y, quien sabe cómo, llegué hasta la Providencia, un destino turístico minúsculo, por decisión de su gente y no por decisión de los posibles turistas. Sí con sólo ver este paisaje majestuoso, cualquiera se moriría por llegar lo antes posible hasta aquí.
Pero su gente, latinoamericanos que hablan inglés, se niegan al ingreso de cadenas hoteleras y acusan falta de infraestructura para palear la llegada de muchos viajeros.
Tampoco quieren agrandarse. Por eso no resulta sencillo arribar, puesto que las avionetas que allí llegan, sólo tienen capacidad para dieciocho personas.
Una de esas dieciocho era yo, silbando “Redemption Song” bajito, con mi guitarra al hombro. Y allí me quedé durante tres meses, trabajando en un chiringuito de la playa – a pura salsa, cumbia y reggae- y macerando mi sueño actual.
Mi casa en ese tiempo fue una típica chozita afrocaribeña, de colores insurgentes, que me conducía a una vista magnífica.
Ni peleas callejeras, ni basura peleándose con la tierra, ni señores trajeados dando órdenes, sólo oriundos, soñadores y mucho reggae.

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