Mal acostumbrado estaba mi hijo a vivir la vida cuál si fuera un cuento, y claro que esa costumbre se la había introducido yo.

La Basílica de Notre Dame, Marsella
No quería contaminar a mi niño con las crueldades que acechaban al mundo exterior, deseaba que, por lo menos su infancia, estuviera cubierta de magia, de sueños, de travesías y de ilusión, al resguardo de las burbujas de cristal que comenzaban en los hoteles en Marsella y se extendían siguiendo sus pasos.
Y el se había acostumbrado peligrosamente a esa fórmula de amor entre los dos. Entonces, no había sueño sin cuento, ni explicación sin fantasía, ni lectura sin recreación.
Y, debo decir que, en muchas circunstancias de cansancio extremo, me arrepentí de haber incorporado esta fórmula de crianza. Luego, descanso mediante, supe que no me había equivocado.
Y, entre tantas historias reales, copiadas e inventadas, mi hijo había pasado parte de su vida viviendo en un mundo delicado, sin maldad, con grandes enseñanzas.

El Puerto de Marsella, Francia
Claro que, a la hora de seleccionar películas – cuentos visuales-, optaba por los relatos de Disney; miraba una y otra vez todas esas historias de color.
Me gustaría entonces contarles acerca de un viaje en el que quedó demostrada la pasión de mi niño por estos cuentos y el ingenio de esta madre por mantener esa inocencia a flor de piel.
Paseábamos por la ciudad de Marsella, uno de los centros turísticos más destacados de Francia, también uno de los más lujosos. El Mar Mediterráneo y su puerto comercial eran sus caras más codiciadas.
Enseguida mi hijo quiso saber en qué cuento estábamos sumergidos; al no tener una respuesta precisa, opté por responderle que estábamos transitando por un popurrí de varias historias.
A ese puerto había arribado el barco de John Smith, el protagonista de “Pocahontas” y, debajo de ese mar, se levantaba la ciudad de “Atlantis”, le comentaba yo.
Marsella era un sitio preciso para rodar esa piadosa historia, que llenaba de luz los ojos de mi pequeño niño de cinco años.
Era verano y la temperatura muy alta y, a los 800 habitantes cautivos de esa urbe francesa, se le sumaban todos los viajeros que, como nosotros, deseaban internalizar el espíritu de aquella ciudad.
No para mi hijo, que no conocía los detalles de esa historia, pero sí para mi, se levantaba ante mi vista aquel castillo que describe Alejandro Dumas en su libro “El Conde de Montecristo”; y no es para menos, dos milenios y medio de historia han parido esta serie de coloridos detalles.
Qué decir entonces de nuestra llegada a las terrazas de la basílica de Notre Dame; para mi hijo, allí había estado Quasimodo, el protagonista de “El Jorobado de Notre Dame”.
También debí decirle que por aquellos mercados de la ciudad había estado corriendo “Aladín”, luego de robarse alguna fruta.
Todavía recuerda mi hijo a Marsella como el corazón de todos sus cuentos, como el sitio en donde sus historias predilectas perecieron hacerse realidad.

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